A solo un par de días de las elecciones y con la multitud completamente reservada, Gadi Eisenkot aparece en el escenario en Guivat Shmuel, cerca de Tel Aviv, sin levantar los brazos, confeti o cubrir la cara. Su característica principal y la que lo coloca por delante en las encuestas para las elecciones de este martes es su oposición a Netanyahu. Aunque comparten posturas políticas similares (oponerse a un estado palestino y apoyar los conflictos en Gaza, Líbano e Irán), la diferencia radica en sus personalidades. A pesar de que Netanyahu es cauteloso en sus acciones para mantener su posición de poder, Eisenkot es modesto, tranquilo, y solo estableció su partido recientemente. Yashar es un nombre que significa equidad e integridad, aludiendo al concepto de gobierno equilibrado. «Estoy aquí por el bien del Estado de Israel, no por mí mismo», concluye mientras los aplausos llenan la sala. Siguiendo adelante… ¿ Qué? En su discurso, enfatiza la importancia de servir a la nación por encima del beneficio personal. El público responde con aplausos, reconociendo su dedicación y sacrificio.
Quedan pocos días para las elecciones y el público está entregado, pero Gadi Eisenkot sube al escenario en Guivat Shmuel, cerca de Tel Aviv, sin alzar los brazos, confeti ni foco en el rostro. Es justo su principal virtud y la que le sitúa en los sondeos como ganador este martes: ser lo contrario de Netanyahu. No en opiniones políticas (los dos rechazan un Estado palestino y apoyan las campañas bélicas en Gaza, Líbano e Irán), sino en personalidad. Mientras que el populista Netanyahu mide cada movimiento para seguir en el poder, Eisenkot es discreto, tranquilo y solo fundó el año pasado su partido. El nombre, Yashar, significa justamente recto u honesto y juega con la idea del centro político. “Yo no estoy aquí por mi bien, sino por el del Estado de Israel”, resume entre aplausos sobre el escenario.
A diferencia del primer ministro, que compensa su escaso pasado militar mencionando a menudo a su hermano Yoni (muerto al rescatar un avión secuestrado en Entebbe en 1976), Eisenkot dirigió el ejército israelí entre 2015 y 2019, con Netanyahu como primer ministro. Y, aún más importante, nunca explota en campaña algo que genera enorme empatía en la sociedad israelí: ha perdido un hijo y dos sobrinos cuando servían como soldados dentro de Gaza. Solo lo menciona de pasada en el vídeo promocional emitido al inicio del evento: “He perdido amigos y familia. No quiero perder también mi Estado”.

Esta imagen de militar honesto, fiable y de pocas palabras pesa más entre los electores que su escaso carisma o bagaje político, a tenor de las encuestas. A sus 66 años, un 49% de israelíes lo ve, de hecho, más idóneo como primer ministro que a Netanyahu (41%), que lleva 19 en el poder. Los sondeos le dan entre 22 y 23 de los 120 diputados de la Knesset, por 19 a 21 del Likud, aunque sigue necesitando el apoyo de los partidos árabes para formar Gobierno. “Ha llegado el momento de la verdad: soy yo o Netanyahu”, dice su voz al teléfono en las llamadas de propaganda que reciben estos días los residentes en Israel.
También los orígenes le separan de su contrincante. Como todos los primeros ministros en la historia del país, Netanyahu es ashquenazí (judío originario del centro y este de Europa), aunque acuda a festivos mizrahíes (judíos del norte de África y Oriente Próximo) para movilizar a la base histórica de su partido, el Likud. Su inglés es, además, impecable porque estudió en Estados Unidos.
Eisenkot, en cambio, viene de familia judía magrebí, nació y creció en la periferia (Tiberíades y Eilat, la punta más sur) y se defiende regular en inglés. “Mono”, lo llamó Yinon Magal, un estridente presentador del canal de televisión de la derecha. Las urnas decidirán en breve si será el primer jefe de Gobierno mizrahí.

Eisenkot mira al mundo desde una perspectiva más militar y pragmática que ideológica y religiosa. Su físico, tono de voz y forma de acomodarse en la silla lo alejan de la mayoría de políticos de primera línea. Cuando le acercan una nota y se distrae, le sale una expresión castrense para admitir que no escuchó la pregunta: “Disculpa, se ha cortado la comunicación”.
Dirigía el ejército cuando un soldado israelí, Elor Azaria, cargó con calma su rifle, se acercó y disparó en la cabeza a un palestino que yacía, herido y completamente inmóvil, tras haber apuñalado a un militar. Era 2016 y se sabe porque lo captó un vídeo tremendo. Eizenkot insistió en someterlo a un consejo de guerra y juzgarlo por lo penal, frente a las presiones de la derecha —Netanyahu incluido—, que lo convirtió en un mártir y organizó protestas multitudinarias. Azaria pasó nueve meses en la cárcel y, sorprendentemente, el presidente, Isaac Herzog, acaba de limpiar su hoja de servicios.
Aunque sus rivales de la derecha se esfuercen en presentarlo así, Eisenkot no es, para nada, de izquierdas, ni pacifista. Lo recordaba desde el estrado Yaakov Wilian, un coronel en la reserva y exconcejal de Guivat Shmuel por la ultraderecha que ahora lo apoya. “Conozco a Gadi desde hace más de 25 años […] Lo conozco bien. Le ponen etiquetas horribles que no repetiré aquí. Dicen que es un izquierdista. Está muy lejos, muy lejos de eso”.
Doctrina Dahiye
Su nombre, de hecho, está asociado a la Doctrina Dahiye, por los suburbios de mayoría chií de Beirut considerados feudo de Hezbolá. En la guerra de 2006 con la milicia libanesa, cuando Eisenkot comandaba el frente septentrional, la Fuerza Aérea los bombardeó ampliamente. La idea, según explicó más adelante, era “usar un poder desproporcionado y causar inmenso daño y destrucción” para que Hezbolá se lo pensase “30 veces” antes de lanzar un proyectil contra Israel, por el coste para la población civil de la zona.
El líder de Yashar también se opone a la creación de un Estado palestino, como casi todo el arco político judío. Y guarda silencio sobre el nivel de muerte y devastación causado a los gazatíes o la ocupación de franjas de territorio en Siria o Líbano.
De hecho, en octubre de 2023, tras el shock del sangriento ataque de Hamás, se sumó al gabinete de guerra de Netanyahu. Aceptó por “responsabilidad y unidad” como observador, sin derecho de voto. Allí presionó por evitar una guerra abierta paralela con Hezbolá y por pactar con Hamás la liberación de los rehenes antes de “derrotarlo”. Le hicieron caso en lo primero; en lo segundo, no. Ocho meses después, Benny Gantz y él —los únicos integrantes del gabinete procedentes de la oposición— abandonaron el gabinete por discrepancias con el primer ministro sobre la gestión de la ofensiva en Gaza.
Ahora, en cada acto, le preguntan lo mismo, porque es la clave. Eisenkot rechaza tanto un Gobierno de unidad con Netanyahu como el apoyo de las formaciones árabes. Y, según los sondeos, necesita uno u otro para gobernar, así que: ¿en qué miente?
En realidad, siempre mide sus palabras y deja un resquicio al apoyo árabe. Tiene cuatro condiciones para sus socios: aceptar el carácter de Israel como Estado judío y democrático y la obligatoriedad del servicio militar o nacional para todos sus ciudadanos, respetar los principios y valores de la Declaración de Independencia y definir a Hamás como organización terrorista. “No veo a ningún partido árabe aceptar estos principios, así que en el próximo Gobierno no habrá ningún partido árabe”, resumía en Guivat Shmuel. Lo que no dice es que Mansur Abbas (el líder de la Lista Árabe Unida que ya sostuvo una coalición anti-Netanyahu en 2021) cumple algunos y podría hacerlo con todos.
El presente es, sin embargo, de pugna electoral con el Likud. Es tan ajustada que Eisenkot lanza cañas en caladero ajeno. Su objetivo es convertirse en la fuerza “significativamente” más votada, para que el presidente le encargue formar Gobierno. Se nota en su agenda: ha ido a la secular Tel Aviv a reunirse con el colectivo LGTBIQ y con estudiantes universitarios, y a bastiones del Likud de la periferia, como Dimona.
En Givat Shmuel participa en un diálogo con nacionalistas religiosos, el colectivo que impulsa la colonización de Cisjordania y apoya mayoritariamente a la coalición de Netanyahu. Tiene varios en la lista, entre ellos su número dos, Yoram Cohen. En Tel Aviv, cita sondeos internos: el 18% de quienes planean votarle el martes apoyó en los anteriores comicios, en 2022, a Likud o a partidos del nacionalismo religioso que integran la coalición de Gobierno.
Eisenkot tiene claro a quién se dirige: un auditorio repleto (con gente de pie en las escaleras) de kipás bordadas y paños coloridos con los que se cubren el pelo tras casarse las mujeres de este colectivo. Y, como buen mando militar, aprovecha una pregunta para señalar al elefante en la habitación: “Aunque no me lo has preguntado, voy a hablar de Judea y Samaria [el nombre oficial y bíblico de Cisjordania]. Considero un valor asentarse allí [el término habitual en Israel para referirse a la colonización] con dos condiciones: que sea acorde al mapa de los intereses nacionales y que se haga legalmente. Es un valor que debe mantenerse, promoverse y fortalecerse”. Otro asistente le afea exaltado la ausencia de colonias en el vídeo promocional: “Judea y Samaria están cerca de mi corazón. Mi hermana vive en Samaria”, responde.
“Reparar el país”
No siempre es fácil saber sus opiniones exactas porque suele mencionar retos en abstracto: “reparar” el país, acabar con la “cultura de la mentira” de Netanyahu, “cambiar el rumbo”… Las letras en su papeleta electoral forman la palabra vía o camino.
Su promesa más concreta es que Hamás no seguirá dentro de 18 meses en el poder en el alrededor del 40% de Gaza que no ocupan las tropas israelíes: bien aplicando el bloqueado plan de Trump, bien por la fuerza de las armas. Eisenkot acusa a Netanyahu de usar al movimiento islamista para eternizarse en el poder, pese a su retórica opuesta.
Sí están claras sus dos prioridades. La más urgente, que ha prometido en 14 días, es establecer la comisión de investigación independiente sobre el ataque de Hamás que Netanyahu viene bloqueando. Aunque le afectaría, al abarcar el análisis de su etapa como jefe del Estado Mayor. “Probablemente también cometí errores, pero como sé la verdad, sigo insistiendo en que se cree […] Sé lo que hice. También lo que él [Netanyahu] hizo para evitar esa terrible masacre: nada”, señala en el evento en la Universidad de Tel Aviv. El jóven público rompe en aplausos.
La otra prioridad es una ley de alistamiento que acabe con la exención de los ultraortodoxos del servicio militar y obligue a los palestinos con ciudadanía israelí a una especie de servicio social sustitutorio. “La pregunta”, resume, “es qué Estado queremos ver después de estos tres años”.
Al final del acto, nadie lo ovaciona como a una estrella de rock. Pero sí sale entre aplausos y el aire se llena con la sensación de que, quizás sí esta vez y quizás sí gracias a él, Netanyahu será destronado.
