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  Internacional  Elecciones rusas: cómo un país culto se dejó llevar por Putin más allá del autoritarismo
Internacional

Elecciones rusas: cómo un país culto se dejó llevar por Putin más allá del autoritarismo

20 de septiembre de 2026

El partido de Vladímir Putin, Rusia Unida, planea apuntarse al menos un 55% de los votos en las elecciones legislativas rusas que concluyen este domingo. Este es el objetivo que ha impuesto el Kremlin a su Administración Presidencial y que la formación ha reconocido abiertamente. Aunque no hay dinero, el partido ha recortado los gastos de campaña hasta un 30% en algunas regiones, sus estrategas políticos cuentan con toda la maquinaria del Estado para lograrlo: partidos prohibidos, políticos encarcelados, todas las televisiones bajo su control y un sistema de voto electrónico al que solo tiene acceso el Gobierno. Además, también han excluido a toda voz crítica del resto de formaciones leales. Serán unas elecciones de trámite como otras veces, y al mismo tiempo únicas, las primeras desde que el putinismo ha consolidado definitivamente su viraje más allá de la autocracia autoritaria de su líder. Ya no basta con no meterse en política para vivir tranquilo, las vidas de sus ciudadanos están hoy a disposición del Estado.. Seguir leyendo

  

El partido de Vladímir Putin, Rusia Unida, planea apuntarse al menos un 55% de los votos en las elecciones legislativas rusas que concluyen este domingo. Este es el objetivo que ha impuesto el Kremlin a su Administración Presidencial y que la formación ha reconocido abiertamente. Aunque no hay dinero, el partido ha recortado los gastos de campaña hasta un 30% en algunas regiones, sus estrategas políticos cuentan con toda la maquinaria del Estado para lograrlo: partidos prohibidos, políticos encarcelados, todas las televisiones bajo su control y un sistema de voto electrónico al que solo tiene acceso el Gobierno. Además, también han excluido a toda voz crítica del resto de formaciones leales. Serán unas elecciones de trámite como otras veces, y al mismo tiempo únicas, las primeras desde que el putinismo ha consolidado definitivamente su viraje más allá de la autocracia autoritaria de su líder. Ya no basta con no meterse en política para vivir tranquilo, las vidas de sus ciudadanos están hoy a disposición del Estado.

Ha sido un viaje intenso en el último lustro. Cuando los rusos votaron a la Duma Estatal en 2021, no estaban en guerra y no existía una ideología oficial del Estado. Tras desatar su invasión de Ucrania el 24 de febrero de 2022, Putin dividió a sus ciudadanos entre buenos rusos, aquellos que le apoyan fielmente, y “escoria y traidores”. Aquel mismo año firmó un decreto clave, Fundamentos de la Política Estatal para la Preservación y Fortalecimiento de los Valores Espirituales y Morales Tradicionales de Rusia, en el que definía a su país como un bastión conservador frente a la “decadencia” de Occidente. Las leyes represivas posteriores han girado en torno a esta ideología estatal, algo expresamente prohibido por su constitución: criticar la guerra, defender que una mujer no tiene por qué ser madre, mostrar la homosexualidad abiertamente, o publicar símbolos satánicos de un grupo de Black Metal, son hoy delito en Rusia, por ejemplo.

El politólogo Grigori Gólosov define el putinismo como “una autocracia personalista y un régimen de autoritarismo electoral”, un sistema sin elecciones libres, en su libro de 2024 Regímenes políticos y su transformación. El periodista y analista Andréi Kolésnikov apunta a este periódico que “ya no se trata de un Estado autoritario, sino de uno semitotalitario, un totalitarismo híbrido, que prácticamente ha absorbido a la sociedad y se inmiscuye cada vez más en la vida privada de las personas”.

Los estudios del centro Levada reflejan una estructura social asentada: alrededor de una quinta parte de los rusos es opositora a Putin, otra quinta parte es ultranacionalista, y tres quintas partes apoyan pasivamente lo que decida el líder ruso. Sin embargo, la confianza en el mandatario se ha visto erosionada en el último año por varios motivos: el agravamiento de la crisis económica, la intensificación de los ataques ucranios dentro de Rusia, y la cada vez mayor intromisión del Gobierno en la vida privada de la población.

Ya no es solo el bloqueo de Internet en los teléfonos móviles y la presencia de miles de cámaras de seguridad por todas las calles. La policía hace redadas en los bares de Moscú en busca de jóvenes que viste “de forma inadecuada”, prohíbe películas extranjeras en los cines y prácticamente toda la vida cultural está bajo control de las autoridades.

Mientras las fuerzas de seguridad paran a chavales con pendientes, Putin habla de Rusia como un Estado-civilización con un destino único, y en las universidades enseñan Fundamentos del Estado ruso. “Podría denominarse putinismo científico, análoga al comunismo científico de mis años de estudiante soviético”, señala Kolésnikov.

Gólosov estudió en su obra 57 regímenes de autoritarismo electoral desde 1950 hasta 2019, y advierte de que la experiencia rusa será el modelo a estudiar “si continúa cobrando impulso el surgimiento de nuevas posdemocracias”. Entre los principales problemas que identifica el politólogo figuran el debilitamiento gradual de las instituciones rusas y la mutación de los partidos políticos en “herramientas” sometidas a sus dirigentes de arriba a abajo, en vez de un mercado que compite ofreciendo distintas ideologías a los ciudadanos.

Contra el criterio de los sociólogos, el Putinismo coincide con algunos de sus más críticos en Occidente en la excepcionalidad del pueblo ruso, aunque no ha sido ni será la única autocracia de la historia. Kolésnikov observa que están emergiendo en Occidente algunas similitudes con el régimen ruso: “El envejecimiento de la población, la obsesión por la seguridad, el predominio de la regulación gubernamental y la burocracia, los problemas migratorios y la creciente popularidad de las fuerzas de extrema derecha (o, por el contrario, de extrema izquierda)”.

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“Sin embargo, en Rusia, los mecanismos democráticos, especialmente los de rotación del poder, no funcionan. En Europa, el poder puede cambiar mediante elecciones libres”, remarca como el gran antídoto, imperfecto, pero curativo, contra la pérdida de perspectiva de aquellos dirigentes a los que el poder empuja a fantasear.

“Ya saben, cuando todo está tranquilo, sereno y estable, nos aburrimos y anhelamos el movimiento. En cuanto empieza la acción, todo da vueltas en la cabeza: segundos, balas, por desgracia, las balas silban”, reconoció Putin en 2024.

La Duma ha sido un bloque monolítico en la última década, pero los comicios electorales de este fin de semana han sentado un nuevo precedente. Sin esperarse a maquillar los resultados, las autoridades han apartado de la campaña electoral a todos los partidarios de la paz, incluida la veterana formación Yábloko, presente en los comicios de 2021 y que de pronto se ha convertido en una amenaza por limitarse a pedir un alto el fuego entre ucranios y rusos.

“Crearemos un nuevo partido”, respondió este miércoles de forma poca convincente su fundador, Grigori Yavlinski, cuando le preguntaron por la posible liquidación de su formación después del domingo ante un auditorio copado por jóvenes. Allí un niño de unos diez años le cuestionó qué hacer cuando en su colegio todo gira en torno a la guerra y la patria. “Ten paciencia. Tu papá también estudió bajo el poder soviético. Todo acaba”, agregó Yavlinski. La URSS duró 69 años, al menos tres generaciones.

“Las líneas rojas del Kremlin han cambiado”, dice a El País el opositor ruso Borís Nadezhdin desde el exilio. “Antes consistían en no insultar a Putin ni recibir apoyo directo de Gobiernos extranjeros. Por eso durante las presidenciales de 2024 no sufrí una persecución grave pese a criticar el conflicto. Pero denunciar la guerra es ahora la línea roja”, afirma el disidente, forzado a irse de su hogar tras arrestado este verano por intentar postularse con una propuesta electoral: la paz.

Nadezhdin predice que las elecciones “no supondrán un Rubicón” en las políticas del Kremlin debido a que podrían enervar la frustración ciudadana, aunque cree que “aumentará la represión” en cierto punto. “Esta es la reacción típica de cualquier régimen autoritario ante el deterioro de la situación en el país y la disminución de la confianza en Putin”, explica.

“No creo que la represión alcance la magnitud de la de Stalin por dos razones -continúa Nadezhdin-. Primero, Putin no es Stalin en absoluto. Stalin se forjó como un revolucionario para quien la violencia era la única forma de mantener el poder. Putin se forjó como un líder apoyado en elecciones. Es difícil imaginar que autorice ejecuciones y deportaciones masivas”.

“Otra razón es que las represiones soviéticas se basaron en una generación de jóvenes campesinos a quienes se les dio armas y fueron reubicados con una vida mejor en ciudades. En la Rusia de hoy nada de eso es posible, los jóvenes intentan evitar el reclutamiento y la guerra no les provoca ninguna alegría”, añade.

Mientras el Kremlin trata de forjar esta unidad desde las escuelas, los rusos se preguntan qué pasará después de Putin, siete años menor que Donald Trump.

El mandatario quiere un régimen eterno y al mismo tiempo desconfía de los suyos. De hecho, Putin tomó nota de la crisis de Kazajistán de enero de 2022, cuando el presidente Kasim-Yomart Tokáev hizo una purga contra el hombre que le nombró sucesor, el “padre de la patria” Nursultán Nazarbáyev.

Putin no ha permitido que ninguna figura que emerja sobre él −la confianza en el Gobierno y otros políticos no supera el 48% en las encuestas del Kremlin− y el mandatario es la clave de una cúpula inestable donde varias facciones cuentan con cientos de miles de hombres armados: los servicios de seguridad (FSB, policía y otras agencias de espionaje), las fuerzas armadas, y la guardia pretoriana del presidente, Rosgvardia, un ejército que solo cumple órdenes del Kremlin.

Existe cierto consenso en que 2011 es el año que marcó el Rubicón en el putinismo. El viejo agente del KGB volvió a postularse aquel año al Kremlin tras evadir el límite de mandatos constitucional con uno de sus halcones, Dmitri Medvédev. Decenas de miles de personas de todas las ideologías protestaron en Moscú contra su regreso y el fraude electoral en las legislativas de 2011 y las presidenciales de 2012. Sin embargo, el grueso de los rusos no protestó. El alto precio del petróleo traía dinero a espuertas y Putin, tildado como “el garante de la estabilidad”, agitaba el miedo a una revolución como en la Primaveras Árabes.

Salga la votación que salga este domingo, el 100% de los 450 diputados de la nueva Duma Estatal apoyará continuar su guerra contra Ucrania. Sin embargo, solo un 31% de la población quiere seguir los combates, según el último sondeo de Levada. Nadie esperaba en las elecciones de 2021 que “el garante de la estabilidad” iniciaría la mayor conflagración europea desde 1945. “No me interesa la política”, solían responder los rusos.

 

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