Los gustos televisivos de mi abuelo no solían coincidir con los míos. Pasé más horas de mi infancia de las que me gustaría viendo partidos del Barça, western o el Teleberri, pero imagino que a él tampoco le hacía especial ilusión ver Shin Chan —encima en euskera—, Magical Doremi o Digimon. Con los años he entendido que la verdadera afectada no era yo, sino mi abuela, que como mucho rascaba los últimos minutos del programa de Arguiñano antes de que empezaran Los Simpson.
Los gustos televisivos de mi abuelo no solían coincidir con los míos. Pasé más horas de mi infancia de las que me gustaría viendo partidos del Barça, western o el Teleberri, pero imagino que a él tampoco le hacía especial ilusión ver Shin Chan —encima en euskera—, Magical Doremi o Digimon. Con los años he entendido que la verdadera afectada no era yo, sino mi abuela, que como mucho rascaba los últimos minutos del programa de Arguiñano antes de que empezaran Los Simpson.
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