El político ultraderechista británico Nigel Farage (62 años) afronta este jueves un hito inusual en su particular carrera profesional: celebrar una probable victoria electoral que al mismo tiempo supone una derrota política. Protagonista de siete intentos infructuosos de lograr un escaño en el Parlamento durante más de 20 años, el líder de Reform UK es el favorito en la elección parcial precipitada por él mismo para revalidar su asiento en Westminster, obtenido finalmente en los comicios de 2024. Pero el esperado triunfo en su bastión de Clacton-On-Sea (en el sureste de Inglaterra), lleva aparejado un inherente fracaso, tras el fiasco de su estrategia de plantear la votación como una dicotomía “del pueblo contra el sistema”. Ningún partido tradicional ha presentado candidato contra él, de modo que su principal rival es el autodenominado “guerrero intergaláctico” Conde Cubo de Basura, el alter ego satírico del comediante Jon Harvey, que forma parte del paisaje electoral británico.. Seguir leyendo
El político ultraderechista británico Nigel Farage (62 años) afronta este jueves un hito inusual en su particular carrera profesional: celebrar una probable victoria electoral que al mismo tiempo supone una derrota política. Protagonista de siete intentos infructuosos de lograr un escaño en el Parlamento durante más de 20 años, el líder de Reform UK es el favorito en la elección parcialprecipitada por él mismo para revalidar su asiento en Westminster, obtenido finalmente en los comicios de 2024. Pero el esperado triunfo en su bastión de Clacton-On-Sea (en el sureste de Inglaterra), lleva aparejado un inherente fracaso, tras el fiasco de su estrategia de plantear la votación como una dicotomía “del pueblo contra el sistema”. Ningún partido tradicional ha presentado candidato contra él, de modo que su principal rival es el autodenominado “guerrero intergaláctico” Conde Cubo de Basura, el alter ego satírico del comediante Jon Harvey, que forma parte del paisaje electoral británico.
El propio Farage provocó la convocatoria electoral. Dimitir y presentarse de nuevo al escaño ha sido el comodín que ha empleado ante el creciente escrutinio sobre los lujosos regalos y donaciones opacas que ha recibido de varios empresarios. Tras la apertura de una investigación formal por parte de las autoridades parlamentarias sobre una millonaria donación no declarada, quien durante décadas ha ejercido como revulsivo de la política británica enarboló la enseña de víctima y se puso a disposición de los únicos que, según él, podían juzgarlo: los electores. Acorralado por interrogantes a los que evitaba dar respuesta, Farage decidió echar un pulso al sistema.
“Si yo gano, vosotros [el pueblo] ganáis. Si pierdo, son ellos [el establishment] los que ganan”, declaró, si bien, para su humillación, la apuesta no ha funcionado, ya que los principales partidos no mordieron el anzuelo. Al rechazar presentar candidaturas, laboristas, conservadores y demás fuerzas políticas neutralizaron la narrativa de que se trataba de una batalla entre Nigel Farage y un sistema conchabado para sabotear su ascenso al Número 10 de Downing Street.

Por primera vez en su trayectoria, el dirigente ultra tiene prácticamente asegurado el escaño. Un sondeo de Survation anticipaba esta semana un 70% de apoyo, frente al 22% para el Conde Cubo de Basura. En Clacton-On-Sea, un 75% votó a favor del Brexit en 2016 y la población inactiva roza el 47% (más del doble del 21,7% de media nacional). Farage inspira casi devoción en su circunscripción, pero este fervor contrasta con las grietas que las acusaciones de corrupción han generado en las posibilidades de Reform UK, una formación personalista y de culto al líder, de consolidarse como alternativa creíble al tradicional bipartidismo británico.
El dominio de Reform UK en los sondeos y su auge en los comicios locales del pasado mayo, junto al desplome laborista, acabaron precipitando la sustitución de Keir Starmer como primer ministro, si bien el nuevo brío imbuido por Andy Burnham en el Gobierno y la amenaza de Restore Britain, una escisión más a la derecha de Reform UK promovida por el diputado Rupert Lowe, han comenzado a erosionar el aura de invencibilidad de la que ha disfrutado Farage durante meses.
El líder ultra ha demostrado una resiliencia al alcance de pocos. Su Partido de la Independencia de Reino Unido (UKIP, en inglés) ya fue el acicate que llevaría a David Cameron a jugársela con el referéndum del Brexit en 2016, convocado fundamentalmente para sofocar la tensión que el euroescepticismo causaba desde hacía décadas entre los conservadores. Farage ha conseguido también influenciar con su discurso antiinmigración, no solo en el debate público sino sobre los principales partidos, que han endurecido posiciones. Su última propuesta, anunciada este lunes, es deportar a todos los presos extranjeros a países como El Salvador, para liberar espacio en las saturadas cárceles británicas.
Sus contrincantes suelen subestimar la capacidad de Farage de reinventarse, si bien su hundimiento reciente en popularidad coincide con los escándalos personales. Según un sondeo de YouGov, solo un 22% de británicos tiene actualmente una opinión favorable del dirigente, el nivel más bajo desde que en 2020 comenzase a seguir regularmente su grado de aprobación.
Superviviente de un accidente de aviación en 2010, Farage ha representado a tres siglas diferentes (conservadores, UKIP y Reform UK, previamente el Partido del Brexit), ha anunciado su retirada de la vida pública en varias ocasiones, tiene un programa de televisión propio en GB News (canal habitualmente comparado con el estadounidense Fox) y dice ser “el político que más amenazas de muerte ha recibido en 20 años”. Este fin de semana, la unidad antiterrorista que investiga el asesinato hace un mes de la veterana política Ann Widdecombe, también exconservadora y militante de Reform UK, ha anunciado la reapertura de las pesquisas por un artefacto explosivo que se introdujo por la ranura del buzón de la vivienda de Farage el año pasado.

El gasto en seguridad es una de las justificaciones que presenta para algunas de las jugosas donaciones de personajes cuestionables, como los cinco millones de libras (unos 5,7 millones de euros) recibidos a principios de 2024 del empresario e inversor en criptomoneda británico-tailandés Christopher Harborne. El Parlamento exige a los diputados que declaren los ingresos de los 12 meses previos a asumir el escaño, salvo que sean “puramente personales” y, en caso de duda, recomienda que registren todo.
Farage dice que la donación de Harborne no tenía motivación política, sino que era un regalo incondicional, en agradecimiento por su activismo pro Brexit, pero el caso estaba siendo investigado por el Comisionado de Estándares Parlamentarios, Daniel Greenberg. Tras la renuncia a su acta, el proceso ha quedado temporalmente paralizado y se espera que sea retomado una vez consumado su regreso a Westminster, es decir, que Farage de momento solo ha comprado tiempo. Si el regulador concluye que vulneró el código ético, el líder de Reform UK podría sufrir una suspensión mínima de 10 días, lo que abriría la posibilidad de otra votación sobre su escaño, ya que un 10% de los electores de Clacton-On-Sea podrían forzarla con su firma.
Sobre el futuro de Farage pende también la sombra del dinero recibido durante años de George Cottrell, conocido como George el Pijo, un aristócrata condenado en Estados Unidos por fraude electrónico al participar en un esquema de lavado de dinero para narcotraficantes. Empresario dedicado a las apuestas con criptomonedas, Cottrell proporcionó a Farage personal de seguridad, trabajadores para gestionar sus redes sociales, viajes y hasta el uso de un opulento apartamento cerca del palacio de Buckingham.
El dinero y el lujo son las grandes debilidades del líder de Reform UK, una querencia mal avenida con la alergia que el escrutinio genera en un político que aspira a primer ministro. Él dice que “ganar dinero no es ningún crimen”, pero su calculada proyección de campechanía, con una pinta de cerveza en una mano y un puro en la otra, desaparece en cuanto surgen preguntas incómodas. El Farage más irascible ha comenzado a aflorar junto a los interrogantes sobre su conducta. Según él, se trata de una conspiración, pero sus argumentos convencen cada vez menos: su nivel de aprobación, menos 46, es el más bajo entre los líderes políticos.
