También en la televisión hay que saber cuándo parar. American Horror Story debería haberlo hecho hace tiempo, pero en su temporada número 13 el ridículo ha alcanzado niveles celestiales. Ryan Murphy y su equipo querían presentar este año un evento especial con el regreso de sus primeras espadas interpretativas y algunos de los personajes más recordados, pero todo ha quedado en una historia sin rumbo ni sentido y a mayor gloria de una exagerada Jessica Lange, en la piel de cinco personajes.
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia
Ryan Murphy y su equipo querían presentar este año un evento especial con el regreso de sus primeras espadas interpretativas y algunos de los personajes más recordados, pero todo ha quedado en una historia sin rumbo


También en la televisión hay que saber cuándo parar. American Horror Story debería haberlo hecho hace tiempo, pero en su temporada número 13 el ridículo ha alcanzado niveles celestiales. Ryan Murphy y su equipo querían presentar este año un evento especial con el regreso de sus primeras espadas interpretativas y algunos de los personajes más recordados, pero todo ha quedado en una historia sin rumbo ni sentido y a mayor gloria de una exagerada Jessica Lange, en la piel de cinco personajes.
Hace 15 años comenzó la andadura de esta antología de terror con una maravillosa y espeluznante casa encantada que regurgitaba ideas y llevaba al terror televisivo a otro nivel. Esas primeras temporadas dieron grandes historias. Eran locas, excesivas y trash como marca la factoría de Ryan Murphy, también sorprendentes, eclécticas, deslenguadas y valientes. Vibramos con el circo de Freak Show, la esquizofrenia narrativa de Asylumy el falso documental lleno de giros de Roanoke. Todo tenía cabida en este universo: aliens, nazis, monstruos, brujas, Lady Gaga y asesinos en serie. Después, llegaron Trump, la nostalgia ochentera, los crossovers apocalípticos entre temporadas y la crisis de opioides. También tres temporadas de American Horror Stories. Incluso Kim Kardashian. Los límites de la incredulidad se rebasaron y se perdió la elegancia y cualquier lógica narrativa. Seguía adelante como un barco fantasma.
¿Había solución? Para celebrar el terrorífico número 13, American Horror Story, disponible en Disney+, buscaba devolver la gloria del pasado con un all stars de las divas que engalanaron la serie: Jessica Lange, Sarah Paulson, Kathy Bates, Angela Bassett (estas dos están acreditadas y cobran, pero no aparecen hasta el octavo episodio), Mena Suvari, Emma Roberts, Gabourey Sidibe o Evan Peters regresan con varios personajes por cabeza y pidiendo al espectador el esfuerzo de recordar quién era cada uno (alguno solo se diferencia por una peluca). “Me encantaría haber tenido más tiempo con alguno de los personajes, pero debían encajar en la trama, sea cual sea esa trama, no estoy segura”, reconocía la siempre desacomplejada Lange en la promoción.
El 13 y la triscaidecafobia (el miedo al número) se convierten en motor de una trama complicada de seguir que mete en la coctelera demonios, personajes históricos como la Dalia Negra, Margaret Thatcher (también interpretada por Lange, ¿por qué no?) en el infierno, payasos asesinos, Satán, el Papa, brujas superpoderosas, covid, Jeffrey Dahmer en Grindr (con guiños a la serie Monstruo, del propio Murphy) y fantasmas. Tiene tiempo hasta para contar que el generalísimo Francisco Franco ha sido profanado. Entre tanta referencia, el argumento pierde todo sentido. Solo es una mezcla de pasajes inconexos y secuelas innecesarias de temporadas anteriores. No hay desarrollo de personajes ni momentos de terror real, solo incoherencia y aburrimiento. Ni siquiera se encuentran ya demasiados momentos con los que reírse genuinamente.
Y Murphy sigue sin saber parar. El cineasta ya ha anunciado que está trabajando en la decimocuarta temporada, aunque perdió su hechizo hace tiempo. Los premios y la crítica ya no lo aplauden; el público no ha abrazado sus últimos trabajos con Disney (The Shards, Doctor Odyssey, The Beauty, Love Story, American Sports Story, Clásicos modernos, Grotesquerie…); su pluma ha perdido el toque entre irreverencia y prestigio marca de la casa, y ahora solo le queda ser una parodia de lo que fue. Ni siquiera sus últimos Monstruo de Netflix son ya demasiado comentados y criticados, sino que viven en una peligrosa apatía. Quizás solo le queda recuperar Glee y expandir 9-1-1 en cada ciudad de EE UU. Para este creador ultraproductivo que lanzaba éxito tras éxito, cualquier tiempo pasado parece mejor.
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