No sabemos si se celebrará el mundial de fútbol en 2030, pues las relaciones entre Marruecos y España son más imprevisibles que una coalición de izquierdas, pero podemos estar seguros de que Netflix lo retransmitirá, pues ha comprado los derechos, y un contrato de Netflix no es como un tratado diplomático, sino algo serio que se cumple hasta en sus tachones.
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Mientras las plataformas descubren la tele de hace cuarenta años, los ‘podcasts’ emulan a Luis del Olmo y los editores más vanguardistas redescubren el periodismo de las revistas
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No sabemos si se celebrará el mundial de fútbol en 2030, pues las relaciones entre Marruecos y España son más imprevisibles que una coalición de izquierdas, pero podemos estar seguros de que Netflix lo retransmitirá, pues ha comprado los derechos, y un contrato de Netflix no es como un tratado diplomático, sino algo serio que se cumple hasta en sus tachones.
Lo del mundial es un hito más en la estrategia que lleva a las plataformas a parecerse cada vez más a una tele normal, no solo produciendo programas y géneros clásicos del medio, desde concursos a informativos, pasando por todo tipo de retransmisiones en directo, sino ofreciéndose como medio de difusión de los canales tradicionales. Un acuerdo de Atresmedia y TVE con Netflix permite ver en diferido El hormiguero y La revuelta, como si se pudiera amar a los dos programas a la vez y no estar loco. O la alianza de Atresplayer con Disney+. Fuera de España, parte de la programación de TF1, la principal cadena francesa, puede verse ya en Netflix. Todo esto parece que ha apaciguado el conflicto entre tele lineal y el streaming.
Desde un punto de vista cultural, es otra muestra de que el futuro mira al pasado. Mientras las plataformas descubren la tele de hace cuarenta años, los podcasts emulan a Luis del Olmo y los editores más vanguardistas redescubren el periodismo de las revistas, ofrecido en la variante de libritos breves sobre temas de actualidad. Hace tiempo que los audios de WhatsApp recrearon la experiencia antiquísima de una conversación telefónica, y los más modernos de cada capital lo flipan cada vez que ponen un disco de vinilo de Taylor Swift y se quedan hipnotizados viéndolo girar. Lo extraño es que el éxito de El infinito en un junco, de mi querida Irene Vallejo, no causase una fiebre de papiros y de libros con forma de rollo, resucitando el latín y el griego antiguo.
Hay franquicias gastronómicas que recrean el bar de toda la vida, después de haber arruinado a los originales, y algunos cines han engrasado unos cacharros ruidosos llamados proyectores que dejan en la pantalla una imagen imperfecta y llena de manchitas y ruiditos encantadores. En política también se lleva lo retro: los pogromos, el racismo y los mesías nos traen un saborcillo vintage al que solo le faltan las camisas pardas. Si quieren ver el futuro, sintonicen con atención el pasado.
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