“Las fronteras se trazan con sangre y las tumbas delimitan los estados”. Ratko Mladic, a quien se atribuye esta frase, no era un teórico sino un militar, un hombre de acción que llevó su doctrina a la práctica: en julio 1995, por orden suya, el ejército serbobosnio regó con la sangre de 8.000 niños y varones musulmanes, refugiados en Srebrenica, las tierras que hoy son lindes de la Republika Srpska y las tumbas de aquellas víctimas marcan la frontera con Serbia. Puede que Mladic muriera en la cárcel el pasado jueves, condenado a cadena perpetua por crímenes atroces, entre ellos genocidio, pero ahora Srebrenica, que fue bosniaca, es serbia, y en su funeral recibirá honores de estado porque en su país es considerado un héroe.. Seguir leyendo
“Las fronteras se trazan con sangre y las tumbas delimitan los estados”. Ratko Mladic, a quien se atribuye esta frase, no era un teórico sino un militar, un hombre de acción que llevó su doctrina a la práctica: en julio 1995, por orden suya, el ejército serbobosnio regó con la sangre de 8.000 niños y varones musulmanes, refugiados en Srebrenica, las tierras que hoy son lindes de la Republika Srpska y las tumbas de aquellas víctimas marcan la frontera con Serbia. Puede que Mladic muriera en la cárcel el pasado jueves, condenado a cadena perpetua por crímenes atroces, entre ellos genocidio, pero ahora Srebrenica, que fue bosniaca, es serbia, y en su funeral recibirá honores de estado porque en su país es considerado un héroe.
Por expreso deseo suyo, será enterrado en el cementerio belgradense de Topcider junto a la tumba de su hija Ana, quien se quitó la vida de un disparo, con solo 24 años, tras descubrir que el padre al que tanto amaba, el salvador de la patria serbia, era un criminal de guerra. Tampoco en la muerte podrá escapar de él, descansarán juntos por toda la eternidad, el destino tiene estas pillerías. Dediqué cuatro años de mi vida a averiguar por qué se suicidó Ana Mladic, para lo cual me vi obligada a escrudiñar en las entrañas del monstruo, su padre. ¿Qué descubrí? Algo muy inquietante: los monstruos son seres humanos, no nacen, se hacen, la semilla del mal está en todos nosotros, para florecer solo necesita un poco de agua y abono.

Mladic era un buen padre y marido, un hombre honrado, un jefe respetado y querido por sus soldados y a la vez un criminal despiadado y fanático, responsable de la muerte de más de 100.000 personas, el azar lo puso al mando del ejército serbobosnio y el dogma de la gran Serbia y del supremacismo étnico hicieron el resto. El concepto de “limpieza étnica” nació en la guerra de Bosnia, acuñado por Biljana Plavsic, vicepresidenta de la República Srpska, un eufemismo muy logrado, todos estamos de acuerdo en que la suciedad es nociva, si hay grupos étnicos “sucios”, es preciso “limpiarlos” (eliminarlos), sus integrantes no son personas, sino virus, alimañas, que pueden contaminarnos.
Hace un mes, paseando por Barcelona, sorprendí una conversación.
– No soporto a los marroquíes, me dan asco-, dijo una mujer que caminaba detrás de mí.
– Yo tampoco los aguanto, tienen que irse todos-, abundó la amiga que la acompañaba.
Me volví para verlas, eran dos respetables barcelonesas en la cincuentena, sin duda buenas madres y esposas y ejemplares vecinas, en las que la semilla del odio ya había empezado a germinar y puede que ya florezca tras la crisis de Ceuta.
Mladic ha muerto pero su legado, y el de sus compinches Milosevic y Karadzcic, no solo pervive sino que está en plena expansión, ellos fueron los primeros en formular los postulados que en la actualidad defienden, aunque sin abogar por las armas, los políticos de extrema derecha como Le Pen, Abascal, Orriols, Meloni, Weidel (Trump es un caso aparte, en cuanto a Putin y Netanyahu, han superado en violencia y vesania a sus precursores): el orgullo de la tribu, el odio y el miedo a los que vienen de fuera, de quienes debemos librarnos porque amenazan nuestra cultura, nuestra religión, nuestra lengua, nuestra forma de vida y, ¿por qué no admitirlo?, nuestra etnia, de piel tan blanca, no vayamos a ensuciarla. Todo será maravilloso cuando por fin estemos solos.
