William Shatner, el primer y original capitán Kirk de Star Trek, tiene 95 años y va a sacar un disco de heavy metal recitado. Ya ha sacado otros de otros estilos musicales: en vez de cantar, recita los versos sobre la música con su voz de bajo, acompasando y sincopando sus palabras con las melodías, creando un efecto hipnótico. Coincidiendo con el anuncio del disco, difundió un comunicado en sus redes sociales para desmentir los rumores —intermitentes y recurrentes— de que va a volver a interpretar al personaje que le dio la fama. La razón del desmentido no era su edad. No escribía una nota para decir que no se veía, a sus casi 100 años, liderando otra aventura espacial, sino para aclarar que solo lo hará si le ofrecen un guion que merezca la pena. Porque Kirk no puede volver de cualquier manera, pero el día que le escriban un texto a la altura de su leyenda, Shatner estará dispuesto a sentarse (y levantarse, pese a la artrosis) del sillón de mando de la Enterprise.
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Una cosa es envejecer activamente, como recomiendan los médicos, y otra cosa es el vigor vulcaniano de William Shatner, un hombre que ha superado en fuerza y carisma a su forzudo y carismático personaje
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William Shatner, el primer y original capitán Kirk de Star Trek, tiene 95 años y va a sacar un disco de heavy metal recitado. Ya ha sacado otros de otros estilos musicales: en vez de cantar, recita los versos sobre la música con su voz de bajo, acompasando y sincopando sus palabras con las melodías, creando un efecto hipnótico. Coincidiendo con el anuncio del disco, difundió un comunicado en sus redes sociales para desmentir los rumores —intermitentes y recurrentes— de que va a volver a interpretar al personaje que le dio la fama. La razón del desmentido no era su edad. No escribía una nota para decir que no se veía, a sus casi 100 años, liderando otra aventura espacial, sino para aclarar que solo lo hará si le ofrecen un guion que merezca la pena. Porque Kirk no puede volver de cualquier manera, pero el día que le escriban un texto a la altura de su leyenda, Shatner estará dispuesto a sentarse (y levantarse, pese a la artrosis) del sillón de mando de la Enterprise.
Yo sí que me levanté de mi sillón al leerlo y rompí a aplaudir. A sus 95 añitos, William Shatner aún cree que su última escena de Star Trek está por rodarse, cuando se acaban de cumplir seis décadas de la emisión de la primera. El anuncio era una invitación velada, un reto a los productores: escríbanme algo potente, si tienen lo que hay que tener. Vitalidad le sobra, como demuestran sus discos de heavy metal y sus giras por teatros de todo Estados Unidos, donde interpreta monólogos y recita sus coplas.
Una cosa es envejecer activamente, como recomiendan los médicos, y otra cosa es el vigor vulcaniano de un hombre que ha superado en fuerza y carisma a su forzudo y carismático personaje. Mola mucho más el Shatner real que el ficticio Kirk, que no podría seguir el ritmo del primero. De hecho, un tópico de las últimas películas trekkies que protagonizó era el cansancio: Kirk estaba demasiado viejo para nuevas aventuras. Pero Shatner no. Con Shatner siempre hay otro bar y otra penúltima copa.
En un mundo que ansía la paz, el retiro, los cuidados, el tiempo para uno, la habitación propia, la meditación y el silencio, los Shatner del mundo —apóstoles del goce profesional y artístico, esa especie inmune a la jubilación que solo se encuentra a gusto fuera de casa— son peligrosísimos terroristas ácratas. Antes morirán abatidos por activistas de la desconexión que por su propio agotamiento.
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