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  Cultura  ¿Dónde estabas durante el eclipse?
Cultura

¿Dónde estabas durante el eclipse?

15 de agosto de 2026

“¿Dónde estabas durante el eclipse?”, me pregunta un amigo que lo que quiere, como todo el mundo, es explicarme dónde estaba él. Se ha convertido la cita solar en fecha de referencia en nuestras vidas como la muerte de Kennedy, la llegada a la luna o el estreno de Tiburón. Pues yo hice lo más absurdo que se podía hacer en tan señalado día. Me encontraba desde hacía tres semanas en Formentera, uno de los muy buscados lugares estrella para vivir la experiencia del fenómeno y donde se habían implementado grandes medidas oficiales para observarlo —aparte de varias jaranas privadas, incluido un concierto dedicado “a la luna, el sol y los misterios del Cosmos” en Bananaroques con invitación a pizzas Bella Napoli— , pero me marché el mismo día temprano hacia Ibiza para tomar el ferri de vuelta a Barcelona con mi viejo coche, el gato Charly y las mil cosas, entre ellas un siempre demasiado optimista número de libros, que cargo para pasar las vacaciones. La cuestión es que al sacar los billetes de regreso con mucha antelación no caí en lo del eclipse, y eso que yo mismo he escrito varias páginas sobre el acontecimiento.. Seguir leyendo

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“¿Dónde estabas durante el eclipse?”, me pregunta un amigo que lo que quiere, como todo el mundo, es explicarme dónde estaba él. Se ha convertido la cita solar en fecha de referencia en nuestras vidas como la muerte de Kennedy, la llegada a la luna o el estreno de Tiburón. Pues yo hice lo más absurdo que se podía hacer en tan señalado día. Me encontraba desde hacía tres semanas en Formentera, uno de los muy buscados lugares estrella para vivir la experiencia del fenómeno y donde se habían implementado grandes medidas oficiales para observarlo —aparte de varias jaranas privadas, incluido un concierto dedicado “a la luna, el sol y los misterios del Cosmos” en Bananaroques con invitación a pizzas Bella Napoli— , pero me marché el mismo día temprano hacia Ibiza para tomar el ferri de vuelta a Barcelona con mi viejo coche, el gato Charly y las mil cosas, entre ellas un siempre demasiado optimista número de libros, que cargo para pasar las vacaciones. La cuestión es que al sacar los billetes de regreso con mucha antelación no caí en lo del eclipse, y eso que yo mismo he escrito varias páginas sobre el acontecimiento.. Me consolaba pensando que lo vería desde el barco, en alta mar, e incluso tenía pensado un título para una oportuna crónica, Eclipse a bordo, que sonaba a novela de aventuras de Alistair MacLean, como Estación Polar Cebra. Resultó que al llegar a la terminal portuaria de Ibiza nos dijeron que el barco en el que teníamos los pasajes, el Ciudad de Barcelona de Trasmed, no zarparía por estar averiado y que nos recolocaban en un buque de Balearia, el chipriota Kerry, un ferri de sustitución con un largo historial y que ha visto más mares que Conrad. Curiosamente, he leído que Trasmed utilizó el mismo día el Ciudad de Barcelona para su ruta Valencia-Ibiza convertido en observatorio flotante del eclipse, así que supongo que ya nos habían sustituido ese buque por el Ciudad de Granada que fue el que se estropeó la noche antes en el puerto catalán cuando debía hacer el trayecto previo Barcelona-Ibiza, dejando en tierra por cierto a numerosos pasajeros que iban en dirección contraria a la mía a ver el eclipse en las Pitiusas. En fin, el camarote de los Marx, como se ve.. El eclipse de sol, en el puerto de Barcelona.. El caso es que el veterano Kerry fue como una bala sobre un mar deliciosamente plano, azul y espejeante y nos plantamos en Barcelona bastante rato antes del fenómeno celeste, sin posibilidad alguna de verlo en el agua —y qué magnífico hubiera sido contemplarlo acodado en la borda con mi ejemplar de Lord Jim (ese eclipse en Patusán) en una mano y una botella de ron en la otra, leyendo: “Desaparece del mundo como envuelto en misteriosa nube, inescrutable” —. De manera que, desembarcado en la ciudad condal, con el baqueteado y polvoriento jeep Suzuki Santana cargado como para cazar rinocerontes en el Ngorongoro con John Wayne en Hatari!o para realizar incursiones tras las líneas de Rommel con los hombres del SAS de Stirling, incluida la bicicleta colgando precariamente detrás y el kid completo de playa, me dirigí a toda prisa en busca de algún punto donde observar el portento solar, que ya llegaba.. Dice mucho del ambiente extraordinario que se respiraba el que nadie se fijara mucho en mi vehículo y en mí, que presentaba una estrafalaria estampa, tras tres semanas asilvestrado en Formentera, de pescador de esponjas griego madurito e iba tocado con una gorra del Sónar y las gafas para el eclipse en la visera. Encontré finalmente un buen lugar de observación en el Muelle Oriental junto al nostálgico letrero Las Golondrinas al Rompeolas (que evoca el trayecto de las populares embarcaciones de paseo del puerto), detrás del hotel Vela y la gran noria. Aparqué junto a la acera en un lugar prohibido pero en la consideración de que la Guardia Urbana estaría astronómicamente ocupada.. Gente viendo el eclipse el 12 de agosto desde el Castillo de Montjuic de Barcelona. Massimiliano Minocri. Había mucha gente instalada de cara al puerto y al astro rey (todavía normal), acomodada en las gradas y el borde del muelle en plan People in the sun de Edward Hooper. Un individuo llevaba lo que me pareció un larguísimo telescopio y que resultó ser un canuto de cartón, sin que se pudiera discernir a qué efecto. Reinaba un ambiente expectante. Había gente preparada y otros que no. De hecho compartí mis gafas de eclipse homologadas adquiridas en Formentera y acreditadas por la asociación astronómica de la isla con varias personas poco previsoras o directamente inconscientes que iban a ojo desnudo y que hubieran acabado como Tobías en su imprudente mirar al cielo. Y eso que nos había advertido hasta el presidente Illa. Un tipo me explicó resignado que no tenía gafas porque su mujer le había dicho que ya miraba ella y le iba contando. Otro, enterado a medias, me preguntó si sin gafas se verían las perlas de Baily, y otro más cómo había conseguido llegar hasta allí con un coche como el mío. El momento surrealista pre-eclipse lo puso una enorme limusina que desembarcó a unas jovencitas muy pijas y a su escultural madre para hacerse selfies con unos globos plateados mientras celebraban el cumpleaños de una de ellas. Pensando que podía haber visto el fenómeno solar en los espectaculares acantilados del cabo de Barberia, junto al faro y a numerosas italianas con ganas de astronomía (hubiera podido titular Lucía, el sexo y el eclipse, manjar para el clickbait), me sentía un poco deprimido en mi emplazamiento urbanita sustitutorio.. El eclipse del 12 de agosto desde el Castillo de Montjuic de Barcelona. Massimiliano Minocri. A todas estas empezó el eclipse, los previsores nos pusimos las gafas remedando a Oppenheimer y los suyos aquel día brillante en los Álamos y deseándonos suerte unos a otros. Entre las cosas más sorprendentes de este evento solar es que hubiera quien no se enterara del riesgo oftalmológico o le importara un comino. También es fascinante que tantos otros hayan decidido no observar en absoluto el eclipse por si acaso. Hay quien lo vivió con mucho miedo y se encerró en casa como si fuera el preludio de una invasión marciana o se le fuera a cegar el perro. Mientras empezábamos a ver la luna devorando poco a poco al sol pasó un hombre con barba de profeta gritando como un milenarista dulciniano “¡el fin del mundo, haced penitencia!”.. La sombra avanzaba inexorablemente sobre el sol, las charlas se interrumpieron. No es raro que los lidios y los medos dejaran de guerrear. Se hizo un silencio profundo acompañado de una quietud total. Y de repente, el fenómeno pareció acelerarse y ya casi no se veía nuestro astro dador de vida, un filito. Traté de vislumbrar tras las gafas las dichosas perlas o la corona solar, quizá incluso una erupción o una fulguración, pero me embargaba un sobrecogimiento paralizante, acientífico, y solo parecía que me funcionara el cerebro reptiliano. Me quité las gafas para mirar alrededor y desligarme de la visión hipnótica, digna del ojo de Saurón. Una extraña e inquietante semioscuridad se había extendido sobre el mundo como un vapor o una miasma. Estábamos en una distopía ballardiana en la que los pájaros empezarían a caer o los edificios a cristalizar. Me miré las manos y luego fugazmente al cielo donde el sol había dejado de arder. Fue, ya lo ha dicho todo el mundo y ya casi no quedan palabras originales, un momento mágico, maravilloso, sobrenatural. Un vientecillo raro nos puso los pelos de punta. Reinaba una sensación de irrealidad y ansiedad anticipatoria. A la izquierda se veía enorme Venus, lanzado al centro del escenario por la ausencia transitoria de la gran luminaria. Distinguí también varias estrellas. Era prodigioso y estremecedor. Era la repera. La gran y emocionante feria del cielo (en cambio en Formentera, he sabido, decepcionó un poco, lo que son las cosas: ¡rabia Lucía!).. Un sonido me devolvió a la realidad mientras se descorría la cortina en el firmamento. Era Charly, mi gato, que estaba hiperventilando tras dos trayectos de barco y un eclipse. Lo acaricié abriendo un poco la puerta del transportín y los dos fuimos recuperando la calma. Volvían a volar las gaviotas. El mundo regresaba a la normalidad y la gente se miraba sorprendida como si saliera de un trance. Hubo un aplauso espontáneo.. Tras despedirme de los amigos de eclipse, conjurándonos optimistamente para coincidir en otro, este siglo o el siguiente, redondeé la jornada en el Montseny, en Viladrau, mirando el segundo espectáculo que nos regaló el cielo el martes, en insólita sesión doble: las lágrimas de san Lorenzo. Observando de madrugada los fugaces meteoros era imposible no repetirse como un mantra aquella frase (de Rabindranath Tagore, ¿quién se acuerda hoy de él, pese a que ganó el Nobel de Literatura y le admiraba Yeats?) que nos conmovía en la adolescencia y que nunca pensamos que un día tendría tanto nuevo sentido: si lloras por la pérdida del sol las lágrimas no te dejarán ver las estrellas.

  

La cita solar se ha convertido en fecha de referencia en nuestras vidas como el asesinato de Kennedy, la llegada a la luna o el estreno de ‘Tiburón’

 

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