Con solo cuatro palabras —“eso sí, sin franceses”—, Mariano Rajoy logró enrarecer la antesala del España-Francia. Sabiéndolo o no, con su artículo había devuelto el foco a un asunto que ya había sido protagonista de otro Mundial. Fue el de 1998, justo en Francia, cuando la victoria del equipo liderado por Zidane fue celebrada como un triunfo de la diversidad gala y pareció zanjar —solo lo pareció— el debate sobre la capacidad de una selección étnicamente múltiple de encarnar a una nación europea.. Seguir leyendo
Con solo cuatro palabras —“eso sí, sin franceses”—, Mariano Rajoy logró enrarecer la antesala del España-Francia. Sabiéndolo o no, con su artículo había devuelto el foco a un asunto que ya había sido protagonista de otro Mundial. Fue el de 1998, justo en Francia, cuando la victoria del equipo liderado por Zidane fue celebrada como un triunfo de la diversidad gala y pareció zanjar —solo lo pareció— el debate sobre la capacidad de una selección étnicamente múltiple de encarnar a una nación europea.
El éxito de la black-blanc-beur (negra-blanca-árabe), sobrenombre popular de aquella selección Bleue que propició un efímero espíritu de cohesión nacional en torno a la idea de diversidad, fue uno de esos acontecimientos que acaban provocando que un Mundial se incruste en la memoria colectiva no solo por sus goles, sino también por su significado político. Como la injerencia ante la FIFA a favor de Estados Unidos en el Mundial que termina este domingo, que hará que la competición se recuerde, más allá de lo futbolístico, como la enésima prueba de la arbitrariedad y los abusos de poder de la era Trump. O quizás con la imagen el domingo de Donald Trump entregando la Copa del Mundo a España, socio al que denosta cada vez que tiene ocasión, en presencia de su presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, líder al que tiene como diana de sus dardos. Sería una foto con vuelo político.
Muchas veces, la lectura más allá de lo futbolístico del Mundial está inducida por sus organizadores, que aprovechan la visibilidad para lanzar un mensaje o reforzarse simbólicamente. Otras, brota de lo imprevisto. Como en Qatar 2022, Mundial concebido como una operación de marketing que acabó abriendo un debate no solo sobre la inferioridad en derechos de las mujeres y la criminalización de los homosexuales en el país árabe, sino también sobre la complicidad de los Estados democráticos.

A veces, el fenómeno imprevisto que eleva el Mundial por encima de su condición de mero espectáculo deportivo para darle dimensión política —o hasta histórica— ocurre en el campo. El caso emblemático son los dos goles de Maradona a Inglaterra en México 86, el primero, un dechado de pillería, el segundo, de habilidad, en lo que tuvo algo de revancha futbolística argentina tras su derrota bélica en Las Malvinas. “Era como ganarle a un país, no a un equipo”, rememoraría años después el Diez.
Con todo ello ha ido escribiéndose la historia política de los Mundiales, que en la edición que este domingo se cierra en Nueva Jersey está añadiendo nuevos capítulos.
Ostentación de poder
Abundan los casos de instrumentalización del Mundial por parte de poderes autoritarios. Benito Mussolini se valió del celebrado en 1934 en Italia, que además ganó la Azzurra, para hacer propaganda del Estado fascista. Ganó, por cierto, utilizando jugadores argentinos y brasileños nacionalizados y tras derrotar en el camino a la España republicana, inaugurando lo que luego se dio en llamar “la maldición de los cuartos de final”, hace ya tiempo superada.
Si el triunfo albiceleste en Argentina 78 con Kempes como estrella fue utilizado por la dictadura de Jorge Rafael Videla para blanquearse, en Rusia 2018 Vladímir Putin mostraba, o lo fingía, un acercamiento a Occidente mientras hacía una ostentación de su poder, incluida aquella memorable imagen de todas las autoridades mojándose bajo la lluvia mientras él era protegido por un paraguas.

“El modelo siempre es el mismo. Aprovechando el enorme potencial simbólico y la exaltación identitaria del Mundial, el mandatario trata de presentarse como algo unido a la nación, como si fueran una sola cosa, sea Mussolini, la junta militar [argentina] o el emir de Qatar”, señala el historiador Alejandro Quiroga, director del Máster sobre Nacionalismo e Identidades Nacionales de la Complutense, que ha estudiado la dimensión política del fútbol. Los líderes buscan con ello, añade, tanto un “reforzamiento de su imagen para consumo interno” como una “promoción de su régimen” que traspasa las barreras de su país.
No se trata de una forma de proceder exclusiva de dictaduras o regímenes en pendiente autoritaria, aclara Quiroga. También las democracias aprovechan políticamente sus Mundiales. ¿Ejemplos? Aunque concedido durante el franquismo, España 82 acabó sirviendo a las autoridades para mostrar la modernización de un país recién incorporado al concierto de las naciones democráticas.
La propia elección de la sede del Mundial es interpretada en clave política, y sus anfitriones siempre lo utilizan para eso que en jerga geopolítica se suele llamar soft power. Así lo hicieron, por ejemplo, Sudáfrica en 2010 o Brasil en 2014, reivindicándose como potencias regionales al calor del macroevento. Qué país se quedará en 2030 con la final del Mundial de España, Marruecos y Portugal es una pregunta a la que se prevé recorrido político.
Los guiones que escriben los países anfitriones no siempre se cumplen. La Brasil que quería mostrarse floreciente se topó con un aluvión de protestas contra un Mundial considerado un dispendio en un país con necesidades acuciantes. “No queremos un Mundial, queremos hospitales”, decían las pancartas.

Ya hablando de una dictadura, la operación de sportwashing—entonces no se llamaba así— de Videla en Argentina se tambaleó cuando periodistas extranjeros que cubrían el Mundial descubrieron los relatos de las madres de desaparecidos que seguían concentrándose en la Plaza de Mayo. Con todos los focos apuntando, la posibilidad de que se exhiba lo que el poder quiere ocultar siempre está abierta.
El Mundial de Trump
¿Y qué lectura cabe hacer de este Mundial? Inevitablemente, el balance más allá de lo futbolístico irá ligado a Donald Trump, que ha tratado de ponerlo al servicio de su incesante discurso sobre la supuesta recuperación de la grandeza de EE UU y que con su su insólita intervención llamando al presidente de la FIFA para favorecer a un jugador de EE UU ha dado un ejemplo —otro más— de la falta de limitaciones con las que ejerce el poder. Así que el de 2026 será en parte recordado como el Mundial de Trump, que está previsto que este domingo entregue el trofeo al ganador.
Pero no será solo eso. Poniendo la competición en perspectiva, Xavier Ginesta, uno de los referentes a la hora de hablar de fútbol como negocio y fenómeno cultural, afirma que hay dos características que confieren singularidad a este Mundial. La primera es la “hipercomercialización” del evento, que aproxima ya al fútbol a los formatos típicos del deporte de masas en Estados Unidos, condicionados al máximo por la publicidad. La segunda es el “triunfo de la interculturalidad” en un contexto de proliferación de discursos en su contra. Como señala Ginesta, autor La disneyització del futbol(Eumo, 2021), si uno observa la diversidad que muestra la mayoría de selecciones que desfila ante las audiencias televisivas de todo el mundo, de las que Francia ha sido solo un ejemplo, queda claro que “el rancio concepto nacional” vinculado al “patrón étnico” está “desfasado”.
Los significados de La Roja
No solo los Mundiales, también las selecciones sirven como excusa para la construcción de narraciones políticas. Y España no es una excepción. Así lo explica Alejandro Quiroga, autor de Goles y banderas. Fútbol e identidades nacionales en España (Marcial Pons, 2014), que subraya cómo el éxito de La Roja en 2010 fue utilizado para vehicular a través de aquel equipo mensajes a favor de las ventajas de la “integración” de la diversidad interna de España en un momento en que empezaba a emerger el conflicto catalán.
Quiroga sonríe: “Los mismos que unos años antes decían que eso de tener jugadores de todas las comunidades era malo, porque los vascos y los catalanes no sienten los colores, en 2008 y sobre todo 2010 pasaron a decir que Xabi Alonso aportaba a la selección esa fuerza vasca y Xavi esa elegancia catalana que tan bien mezclan con los rasgos del resto de territorios españoles”.
El impulso a todo aquel entusiasmo por la diversidad de la selección fue debido a dos factores, desarrolla el profesor. El primero, explica, es que pasó a ser útil para un discurso político de unidad que tenía gran cantidad de valedores en la política y los medios. El segundo, continúa, es que la selección ganaba, dejando en la marginalidad a todo el que quisiera descargar sus prejuicios contra ella. “Veníamos de años de lo que yo llamo la narrativa de la furia y el fracaso. Teníamos mucha pasión, sí, pero perdíamos. Y de repente, en 2008 y 2010 [ganando la Eurocopa y el Mundial, respectivamente] nos sacudimos todo aquello y se quedó una selección victoriosa sobre la que era muy fácil hacer proyecciones simbólicas”, expone Quiroga.

Ginesta, profesor de Comunicación y Deporte en la Universidad Central de Catalunya, ve en la actual selección española un ejemplo perfecto de cómo un equipo puede ser algo más que un vehículo para la exaltación patriótica y encerrar significados complejos. Para explicarlo se pone en la hipótesis de que España gane con un gol de Lamine Yamal. “Determinados partidos políticos que rechazan la inmigración de manera sistemática van a aplaudir a un jugador de origen marroquí que te puede dar una final y entronizarse como el sustituto de Leo Messi”. Buen conocedor de las implicaciones simbólicas del fútbol, lo recalca: “España puede ganar el Mundial con un gol de un musulmán de ascendencia afro».
Si ocurriera, será interesante leer la crónica de Rajoy.
