En una esquina de la plaza del General Vara de Rey, en pleno Rastro madrileño, las alfombras ocupan prácticamente cada rincón de una tienda de dos alturas. Las hay extendidas por el suelo, colgadas de las paredes y apiladas entre cojines y telas. Algunas tienen colores y dibujos tradicionales orientales, mientras que otras lucen diseños contemporáneos pensados para encajar en una vivienda, un negocio o, incluso, en el decorado de una película de Pedro Almodóvar. Pero su viaje comienza muy lejos de su destino final. Concretamente en Surkh Aqcha, una pequeña población del norte de Afganistán ―cerca de la frontera con Turkmenistán― en la que Abdul Hakeem nació hace 45 años y donde unas 250 familias elaboran las alfombras que después se venden en Tailak, su tienda de Madrid. Y de ahí, hasta el séptimo arte.. Seguir leyendo
En una esquina de la plaza del General Vara de Rey, en pleno Rastro madrileño, las alfombras ocupan prácticamente cada rincón de una tienda de dos alturas. Las hay extendidas por el suelo, colgadas de las paredes y apiladas entre cojines y telas. Algunas tienen colores y dibujos tradicionales orientales, mientras que otras lucen diseños contemporáneos pensados para encajar en una vivienda, un negocio o, incluso, en el decorado de una película de Pedro Almodóvar. Pero su viaje comienza muy lejos de su destino final. Concretamente en Surkh Aqcha, una pequeña población del norte de Afganistán ―cerca de la frontera con Turkmenistán― en la que Abdul Hakeem nació hace 45 años y donde unas 250 familias elaboran las alfombras que después se venden en Tailak, su tienda de Madrid. Y de ahí, hasta el séptimo arte.
“Hacer alfombras es parte de nuestra cultura”, afirma Hakeem sobre un producto que define tanto la historia de su pueblo como la de su propia familia. Su abuelo ya se dedicaba al oficio y, antes de la invasión soviética de Afganistán (1979), las enviaba a Alemania, pero la guerra trastocó los planes de la familia. En 1985 huyeron a Pakistán y pasaron un lustro en un campo de refugiados de Peshawar. “La vida era muy dura, no había nada, hacía mucho calor, no había apenas comida… pero sobrevivimos”, recuerda Hakeem sobre la vida en las tiendas de campaña auspiciadas por las Naciones Unidas.
Con apenas diez años pudo regresar a su aldea natal, donde aprendió el oficio familiar: “Tejer alfombras era una necesidad, era la única manera de ganar algo de dinero”. Décadas después intentó convertirlo en su forma de vida en España. Llegó a Barcelona en 2008 y durante unos meses trabajó desde un pequeño almacén, adquiriendo alfombras para venderlas a tiendas. “No fue bien”, resume. Entonces decidió probar suerte en Madrid y en 2009 abrió un pequeño local en la misma plaza del Rastro donde continúa actualmente. Casi no hablaba español y afirma que esos primeros años fueron especialmente difíciles, por lo que recuerda con mucho cariño cómo le acogieron los comerciantes de la zona. Cuando entraban clientes en sus negocios, cuenta, algunos les advertían de que acababa de abrir “un chico de Afganistán” y les recomendaban pasar por su tienda: “No tengo palabras para agradecerles. Son como una familia para mí”.
En el comercio contiguo a Tailak ―un local dedicado a los muebles clásicos―, Sonia Rodríguez no duda en restar importancia a ese recibimiento. “Su evolución ha sido brutal porque es alguien muy trabajador. El boca a boca inicial es lo menos importante, es solo el principio. La labor ha sido suya, a base de atender bien y de tener buenos productos”, resume con claridad.
―Te debo una cena ―dice Hakeem entre risas al escuchar las palabras de su vecina.
En el año 2014, Tailak abrió su segunda tienda ―ubicada en la calle de San Gregorio (Chueca)― y comenzó a trabajar con cada vez más diseñadores y decoradores. Pero también fueron cambiando las cosas al otro extremo de la cadena. Hakeem detalla que empezó encargando alfombras a dos familias de Surkh Aqcha y que hoy son cerca de 250. La aldea, calcula ―ante la falta de datos oficiales―, está formada por alrededor de un millar de familias, dedicadas principalmente a la agricultura, el ganado y, cómo no, las alfombras.

Son las mujeres quienes tejen con los telares instalados en sus propias casas, en los patios traseros u otras estancias. Una tarea a la que dedican entre dos semanas y dos meses, en función del tamaño de la alfombra. Hakeem asegura que allí se producen el 70% de los productos que vende en sus locales de Madrid, para cuya elaboración se les proporciona lana de la zona, además de las indicaciones sobre las medidas y el diseño. Por cada metro cuadrado tejido, explica el comerciante, paga 80 dólares.
Los hombres se ocupan de tareas como lavar y teñir, en un taller ubicado en la propia Surkh Aqcha que emplea a unos 50 trabajadores, a cambio de un salario que oscila entre los 100 y los 300 dólares mensuales. Allí se afanan para que la lana adquiera el tono adecuado con el método artesanal, removiéndola en grandes ollas al calor del fuego antes de ponerla a secar al sol. Pocos metros más allá, otros empleados cargan la materia prima hasta depositarla en los lavaderos para eliminar impurezas. Al otro lado del teléfono, Sakhi Haji, de 57 años, recorre el taller tratando de que la cámara muestre cada recoveco de este espacio en el que lleva trabajando desde su apertura, en 2013.
Mientras muestra las diferentes zonas de faena, cuenta que se han ido ampliando las instalaciones y lamenta que no haya más inversores que apuesten por desarrollar este negocio en un territorio tan vinculado a la fabricación de alfombras: “Aquí hay mucha gente que sabe hacer alfombras y hace falta trabajo. Eso mejoraría la vida de muchas familias”.






Eso sí, pese a preservar la fabricación artesanal del producto, los diseños cada vez distan más de los clásicos orientales. No en vano, en torno al 60% de los productos que vende Tailak se realizan por encargo. “La gente a veces quiere unos diseños o colores muy diferentes. Es precioso porque es como combinar dos culturas”, detalla Hakeem.
Después comienza el viaje. Las alfombras salen por carretera de Surkh Aqcha hacia Kabul y desde allí vuelan a Dubái o Estambul, antes de hacer lo propio hasta Madrid. Todo el proceso de un encargo puede prolongarse unos tres meses. Al otro lado esperan particulares, decoradores y proyectos comerciales que las adquieren por un precio que va de los 120 a los 300 euros por metro cuadrado.
También han aparecido ante las cámaras: en películas de Pedro Almodóvar como La habitación de al lado y Julieta o en la miniserie El problema final, protagonizada por José Coronado y que se estrenará próximamente. Casi dos décadas después de aquel primer intento fallido en Barcelona, Hakeem tiene clientes también en países como Colombia, Estados Unidos, Alemania, Portugal o Grecia. “Estoy muy satisfecho de que el negocio funcione y también poder ayudar a mis vecinos”, afirma con orgullo.
