David Bowie nos dejó en 2016. Por sorpresa: pudoroso, había ocultado el diagnóstico de su cáncer. También han pasado 10 años de la publicación de su último álbum, Blackstar (sí, luego saldría Toy, pero aquel era un disco sacado del frigorífico, inicialmente rechazado por una discográfica bastante obtusa). En verdad, se le echa en falta: como artista, Bowie tenía una pasmosa capacidad para sintetizar muchas tendencias musicales del momento; aparte, era un agudo observador del mundo que le rodeaba. Tenía incluso una privilegiada capacidad para intuir detalles del futuro. En 1999, en conversación con Jeremy Paxman, periodista de la BBC que le miraba escéptico, afirmaba que nuestra vida iba a cambiar radicalmente con la creciente presencia de Internet.. Seguir leyendo
David Bowie nos dejó en 2016. Por sorpresa: pudoroso, había ocultado el diagnóstico de su cáncer. También han pasado 10 años de la publicación de su último álbum, Blackstar (sí, luego saldría Toy, pero aquel era un disco sacado del frigorífico, inicialmente rechazado por una discográfica bastante obtusa). En verdad, se le echa en falta: como artista, Bowie tenía una pasmosa capacidad para sintetizar muchas tendencias musicales del momento; aparte, era un agudo observador del mundo que le rodeaba. Tenía incluso una privilegiada capacidad para intuir detalles del futuro. En 1999, en conversación con Jeremy Paxman, periodista de la BBC que le miraba escéptico, afirmaba que nuestra vida iba a cambiar radicalmente con la creciente presencia de Internet.. Egoístamente, uno también lamenta no poder contar con tan estimulante sparring profesional. Entrevistarle siempre resultaba aleccionador: de principio, asumía la transacción económica subyacente tras cualquier encuentro con los periodistas, el “yo te doy una porción de mi precioso tiempo a cambio de un buen espacio en tu medio”. Eso implicaba mostrarse simpático y, también obligado, proporcionarte algunas revelaciones o, al menos, anécdotas simpáticas.. Con suerte, hasta escenificaba situaciones inesperadas. Recuerden aquel reportaje de 1987 para la MTV, donde recorría calles madrileñas, entre Santa Ana y Plaza Mayor, llevando a remolque a un divertido Peter Frampton, firmando constantemente autógrafos, bromeando sobre pintores españoles y recordando su visita infantil a la España franquista, cuando advirtieron a sus padres que no debían llevar prendas rojas.. Era un entrevistado resultón (urge mencionar que eso no es necesariamente lo habitual con los artistas ingleses). Además, sabía masajear el ego de cualquier plumilla. Llevaba un buen rato con él en un hotel del Paseo de la Castellana cuando entró su secretaria y confidente, Corinne Coco Schwab, avisando que ya se había terminado mi tiempo. Bowie repuso que se lo estaba pasando muy bien y que se me concedieran cinco minutos más. Me sentí encantado hasta que, a la salida, eché una ojeada a su plan de trabajo y, caramba, comprobé que esos minutos extra ya estaban programados.. Puro teatro, pero se agradecía. También comprobaríamos su cintura a la hora de capear pinchazos: en julio de 1997, tras enterarse de que no había vendido suficientes entradas para justificar su anunciado concierto madrileño con el grupo Placebo en la plaza de toros de Las Ventas, trasladó su actuación a la sala Aqualung. Impecable, allí cumplió para 2.500 personas en medio de una atmósfera tropical.. La última vez que le vi fue en Nueva York, donde residía desde 1992. Aseguraba que le encantaba ser una persona anónima en Manhattan, aunque los resabiados neoyorquinos sabían que era cliente habitual de la librería The Strand y de la tienda de discos Bleecker Street Records, cercanas a su piso de Lafayette Street. Llegó a las oficinas de Virgin, que publicaba su álbum Hours, y lo primero que hizo fue pedir que le trajeran un paquete (“o mejor, que sean dos”) de Marlboro. Lo siguiente fue preguntar si teníamos mano con el Guggenheim de Bilbao. Como detestaba los aviones y siempre se desplazaba por mar, había calculado que iba a pasar por allí un lunes, precisamente cuando el museo cerraba. Le tranquilizamos: “Para ti, no habrá problema”. No lo hubo.
Era invencible en las distancias cortas: trataba con suma cortesía al periodista y se esforzaba en proporcionarle una modesta ración de intimidades
