Una mujer asesinó a su compañero de piso en Alicante, con ayuda de su pareja, para quedarse con la vivienda y su pensión mensual de poco más de 1.000 euros. Posteriormente, los criminales descuartizaron el cuerpo de la víctima y lo quemaron en dos puntos alejados de la ciudad con la intención de hacer desaparecer cualquier rastro. Dos años después, ambos han sido juzgados en la Audiencia de Alicante y un jurado popular los ha considerado culpables. Han sido condenados a 13 años, 9 meses y un día de prisión cada uno por los delitos de homicidio y estafa, según consta en la sentencia, a la que ha tenido acceso EL PAÍS y que puede recurrirse ante el Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana (TSJ).. Seguir leyendo
Una mujer asesinó a su compañero de piso en Alicante, con ayuda de su pareja, para quedarse con la vivienda y su pensión mensual de poco más de 1.000 euros. Posteriormente, los criminales descuartizaron el cuerpo de la víctima y lo quemaron en dos puntos alejados de la ciudad con la intención de hacer desaparecer cualquier rastro. Dos años después, ambos han sido juzgados en la Audiencia de Alicante y un jurado popular los ha considerado culpables. Han sido condenados a 13 años, 9 meses y un día de prisión cada uno por los delitos de homicidio y estafa, según consta en la sentencia, a la que ha tenido acceso EL PAÍS y que puede recurrirse ante el Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad Valenciana (TSJ).
La condenada compartía piso con la víctima, de 56 años, sin pareja ni hijos. Habitualmente, en la misma casa también vivía la pareja de ella, como atestigua un corazón dibujado en la puerta de su habitación que contenía sus nombres. En una de las diferentes versiones que los acusados dieron ante los investigadores y en el tribunal, ella cuidaba de su amigo porque padecía “problemas médicos” y apenas “salía a la calle”. Pese a la convivencia, la sentencia detalla que el inmueble presentaba un “lamentable estado de suciedad”, estaba “lleno de basura y sin la más mínima higiene”. En una fecha que no se ha podido determinar, pero “anterior y próxima en el tiempo al 12 de junio de 2024”, los condenados “de común acuerdo, movidos por su deseo de hacer uso de la vivienda y quedarse con el dinero” de la víctima, “terminaron con su vida”. Las autopsias practicadas a los restos no han podido verificar cómo lo hicieron. Pero se han detectado “fracturas en el cráneo y en la mandíbula del fallecido” que se consideran “indicio de la acción homicida”.
En principio, los dos asesinos no supieron muy bien qué hacer. Pero el cadáver comenzaba a descomponerse, relata el fallo judicial. Y ese 12 de junio “compraron una máquina radial, una amoladora y un pack de 10 discos de corte metal, herramientas que, junto a un cuchillo encontrado posteriormente en la vivienda, utilizaron para cortarle la cabeza y las extremidades del cadáver con intención de poder sacarlo de la vivienda sin despertar las sospechas de los vecinos”.
Las cámaras del establecimiento, una importante cadena dedicada al bricolaje, y el ticket de compra lo atestiguan. Gastaron 38,34 euros que pagaron en efectivo. El desmembramiento tuvo lugar, probablemente, en la habitación de la víctima, donde los investigadores hallaron gran cantidad de manchas de sangre, sobre todo en la puerta del armario, a la que habían dado la vuelta para ocultar los vestigios de su crimen. También encontraron un buen número de botellas de lejía, con la que habrían intentado borrar cualquier rastro.

El siguiente paso consistió en esparcir los restos por varias localizaciones. El 17 de junio, poco antes de las 5 de la madrugada, los condenados “cogieron el torso del perjudicado sin las extremidades superiores, inferiores ni la cabeza”, montaron en el Fiat 500 propiedad del padre del acusado “y se dirigieron a las afueras de la localidad de Alicante, estacionaron el vehículo en un camino de tierra de la denominada carretera del Portell de la Serreta, un paraje rural situado en las inmediaciones de la prisión de Fontcalent, “y allí bajaron el torso del cadáver del vehículo, lo rociaron con gasolina y le prendieron fuego con intención de hacer desaparecer sus huellas y cualquier otro elemento que permitiera su identificación, tras lo cual se marcharon del lugar”, según considera probado el jurado. Poco después, repitieron la operación en otro lugar, a apenas kilómetro y medio del primero, donde depositaron “las dos extremidades superiores, dos extremidades inferiores y la cabeza”. Entre los días 24 y 27 de ese mismo mes, los acusados retiraron sucesivamente hasta 820 euros de la cuenta de su víctima.

Precisamente, la maniobra que realizaron para despistar fue la que les condujo al banquillo de los acusados. El agente de la Policía Nacional que instruyó el atestado tras el hallazgo de los restos explicó en el juicio que el torso de la víctima se encontraba en una maleta junto a un camino y aún ardía. Cinco días después, efectivos de la Guardia Civil notificaron que cerca habían hallado “una hoguera con rescoldos y restos humanos”, a espaldas de una caseta en unas tierras de cultivo. Entre las partes del cadáver que valían para un análisis exhaustivo, “quedaba una mano con tres dedos”. “Con la parte de la palma de la mano que estaba en un estado que podía permitir la identificación, lograron, por medio de los archivos de huellas, identificar esos restos” de la víctima.
Tras la identificación, los agentes se trasladaron al domicilio. Los indicios parecían ser elocuentes y la pareja fue detenida. En su declaración en la Audiencia, la acusada se limitó a asegurar que ella y la víctima “eran como hermanos y se llevaban bien”. Que compartían sus respectivos ingresos. Y que “no lo mataron”. Según su declaración, que no convenció al jurado, el día de los hechos fueron a cenar a casa de los padres de su pareja, “dieron las buenas noches” a su compañero de piso, “se acostaron y a la mañana siguiente lo vieron muerto y luego hicieron todo eso”, en referencia al desmembramiento. Él fue más elocuente, aunque, tras dar una versión diferente de lo que hicieron ese día, también subrayó que no mataron a la víctima. Sí confesó, con todo detalle, que lo descuartizó y que sacaron dinero de la cuenta porque “si no había movimientos bancarios, su familia sospecharía que había desaparecido”.
