La independencia de EE UU hubiera sido mucho más difícil sin la trascendental ayuda financiera encubierta –desde 1776– del Conde de Aranda, con su hábil manejo de las cuentas públicas. «Con media docena como Aranda, España quedaría regenerada», dijo Voltaire de quien en 1792 fuera primer ministro; entonces llamado «Secretario de Estado Universal». Fue uno de los grandes impulsores de las reformas modernizadoras de la época. Apoyó las Sociedades Económicas de Amigos del País nacidas de los «caballeritos de Azcoitia», la cuestión agraria, e impulsando infraestructuras, canales y redes fluviales, que suplieran nuestra orografía adversa y carencias de ríos como los centroeuropeos. Definía a EE UU como la «república pigmea», aun previendo del peligro futuro para los territorios de «Nueva España».. Como embajador en Francia vio cómo potenciaron una inmigración selectiva, centrada en los laboriosos irlandeses, alemanes y nórdicos, como hiciera antes Olavide para colonizar Sierra Morena. Respaldó la pesquisa secreta que provocó la controvertida expulsión de los jesuitas de España, aunque paradógicamente posibilitó y fortaleció la expansión internacional de la Compañía. Su palacio y despacho estaba en la manzana 350 del plano de Madrid del siglo XVIII, calle Fuencarral 85; hoy 81, sede del Tribunal de Cuentas. Era el palacio y despacho más influyente tras el del Rey, Carlos IV. En la misma manzana que el «Tribunal de la Contaduría General de Cruzada», de España e Indias, que reformó, incorporándola al erario público imponiendo modelos de libros, «cargo y data», con obligación de rendir cuentas anuales a la Real Hacienda, acabando con los «gastos sin justificar». Hoy, algunos, pretenden seguir sin hacerlo.
La independencia de EE UU hubiera sido mucho más difícil sin la trascendental ayuda financiera encubierta –desde 1776– del Conde de Aranda, con su hábil manejo de las cuentas públicas. «Con media docena como Aranda, España quedaría regenerada», dijo Voltaire de quien en 1792 fuera primer ministro; entonces llamado «Secretario de Estado Universal». Fue uno de los grandes impulsores de las reformas modernizadoras de la época. Apoyó las Sociedades Económicas de Amigos del País nacidas de los «caballeritos de Azcoitia», la cuestión agraria, e impulsando infraestructuras, canales y redes fluviales, que suplieran nuestra orografía adversa y carencias de ríos como los centroeuropeos. Definía a EE UU como la «república pigmea», aun previendo del peligro futuro para los territorios de «Nueva España».. Como embajador en Francia vio cómo potenciaron una inmigración selectiva, centrada en los laboriosos irlandeses, alemanes y nórdicos, como hiciera antes Olavide para colonizar Sierra Morena. Respaldó la pesquisa secreta que provocó la controvertida expulsión de los jesuitas de España, aunque paradógicamente posibilitó y fortaleció la expansión internacional de la Compañía. Su palacio y despacho estaba en la manzana 350 del plano de Madrid del siglo XVIII, calle Fuencarral 85; hoy 81, sede del Tribunal de Cuentas. Era el palacio y despacho más influyente tras el del Rey, Carlos IV. En la misma manzana que el «Tribunal de la Contaduría General de Cruzada», de España e Indias, que reformó, incorporándola al erario público imponiendo modelos de libros, «cargo y data», con obligación de rendir cuentas anuales a la Real Hacienda, acabando con los «gastos sin justificar». Hoy, algunos, pretenden seguir sin hacerlo.
