No recordamos qué pasó exactamente ni por qué fue noticia nacional el desalojo de una piscina en San Sebastián de los Reyes en 2008, pero en la memoria popular española quedó casi indeleble aquel resumen tan castizo: “Vamos, que la he liado parda”. Era el colofón con el que la socorrista, una muchacha muy joven, cerraba una explicación impecable y valiente.
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La chica hizo algo muy poco patriótico, algo que ningún político actual haría y que ningún abogado aconsejaría a su cliente: asumir la responsabilidad por el desastre
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No recordamos qué pasó exactamente ni por qué fue noticia nacional el desalojo de una piscina en San Sebastián de los Reyes en 2008, pero en la memoria popular española quedó casi indeleble aquel resumen tan castizo: “Vamos, que la he liado parda”. Era el colofón con el que la socorrista, una muchacha muy joven, cerraba una explicación impecable y valiente.
Siempre me sorprendió que la gente se quedase con ese remate, convertido en meme y muletilla, y tomase a esta mujer por lo contrario de lo que era. La presentaban en los zapeos y en los programas de parodia como un personaje de Ibáñez, una chapuzas que encarnaba el eterno picaresco del pueblo español, pero lo que decía era justo lo antónimo: aquella declaración era una asunción de responsabilidades, el reconocimiento sin excusas de un error. Eso no lo hace un pícaro ni un chapuzas.
Si aquella socorrista representase alguna forma de jetismo o caradediamantismo se habría tirado a correr en dirección a Alcobendas o le habría echado la culpa a cualquiera para escurrir el bulto. Pero la moza hizo algo muy poco patriótico, algo que ningún político actual haría y que ningún abogado aconsejaría a su cliente: asumir la responsabilidad por el desastre y pedir perdón por ello. Había mezclado no sé qué químico con no sé qué otra cosa y la había liado parda. Y ahí estaba, ante la cámara de Antena 3, dando la cara con claridad y coraje. Apenas una niña, mil veces más brava que el más gallito de los españoles.
¿Cómo se lo recompensó el país? Convirtiéndola en meme, reproduciendo millones de veces el corte. Esta semana, un juzgado ha condenado a Atresmedia a indemnizarla y a retirar el vídeo de sus plataformas —aunque la sentencia reconoce que la viralidad no es culpa de la cadena, pero le acusa de dañar el honor de la socorrista al hacer parodias con la imagen—, provocando una reflexión interesante sobre la fama no deseada, algo difícil de comprender en una sociedad donde el anhelo de fama es casi universal.
Que el juzgado acote la responsabilidad a un canal de televisión se hace escaso: todos hemos participado del bochorno, a todos deberían pedirnos responsabilidades por la ordalía que ha sufrido esta mujer que solo hizo lo que su alto sentido de la ética le impuso: dar la cara y explicarse. Ojalá hubiéramos aprendido eso de ella, y no sólo una forma divertida de decir que la hemos liado parda.
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