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  Economía  El arte de prometer con el bolsillo ajeno
Economía

El arte de prometer con el bolsillo ajeno

19 de octubre de 2026

Ante el 29-N podemos observar que en política existe una curiosa excepción a las leyes de la economía donde el dinero parece infinito, los recursos nunca escasean y todas las promesas pueden cumplirse sin que nadie tenga que pagarlas. Ya lo estamos viendo en la campaña electoral donde podemos comprobar cómo desaparecen las restricciones presupuestarias y los partidos descubren una sorprendente capacidad para repartir una riqueza que todavía no se ha generado.

Desde subir las pensiones, aumentar el SMI, construir viviendas y ampliar las prestaciones hasta reducir impuestos y mejorar los servicios públicos, todo resulta posible, además, al mismo tiempo. El problema es que la economía, a diferencia de la política, no funciona con buenas intenciones, sino con recursos limitados, incentivos y costes de oportunidad. Cada euro destinado a una finalidad deja de estar disponible para otra, de modo que, cuando los ingresos no alcanzan para financiar los compromisos, aparecen los impuestos, la deuda o los recortes. El rigor económico no tiene ideología, aunque algunos dirigentes parezcan convencidos de que las leyes de la aritmética cambian según quién ocupe el Gobierno.

Este populismo económico comienza precisamente cuando los gobernantes ocultan esa realidad transformando al ciudadano en consumidor de promesas y al político en distribuidor de beneficios aparentemente gratuitos mientras presentan los beneficios de una decisión ocultando sus costes. Regular los alquileres resulta mucho más atractivo electoralmente que facilitar la construcción de viviendas, aumentar el gasto público sin explicar cómo financiarlo o anunciar nuevas ayudas suele generar más aplausos que abordar las reformas estructurales necesarias para que los ciudadanos puedan depender menos de ellas.

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Así, desaparecen del debate conceptos tan esenciales como productividad, competitividad, eficiencia, inversión o sostenibilidad y aparecen los derechos sin obligaciones que otorgan privilegios a minorías, las subvenciones sin evaluación y las soluciones inmediatas para problemas complejos que llevan décadas enquistados.

Tal vez haya llegado el momento de exigir que cada promesa electoral vaya acompañada de tres respuestas: cuánto cuesta, quién la paga y qué consecuencias tendrá sobre el crecimiento futuro porque, al final, el populismo económico tiene una característica extraordinaria pues los aplausos son inmediatos pero las facturas llegan después y casi nunca las paga quien hizo las promesas.

Juan Carlos Higueras, doctor en economía y vicedecano de EAE Business School

 

​ 

Facing the 29-N, we can observe that in politics there is a curious exception to the laws of economics where money seems infinite, resources never run out, and all promises can be fulfilled without anyone having to pay for them. We can see this happening in the election campaign, where budget constraints seem to disappear and parties discover a surprising ability to distribute wealth that has not yet been generated. From raising pensions, increasing the minimum wage, building homes, and expanding benefits to reducing taxes and improving public services, everything becomes possible, additionally, all at once. The issue is that the economy, unlike politics, does not function based on good intentions, but rather on limited resources, incentives, and opportunity costs. Each euro dedicated to a purpose becomes unavailable for another, so when income fails to finance commitments, taxes, debt, or cuts appear. Economic rigor has no ideology, even though some leaders may seem convinced that the laws of arithmetic change depending on who is in power. This economic populism begins precisely when governments hide this reality, transforming the citizen into a consumer of promises and the politician into a distributor of seemingly free benefits while presenting the benefits of a decision while hiding its costs. Making rental costs more attractive is politically more appealing than facilitating the construction of homes, increasing public spending without explaining how to finance it, or announcing new aid tends to generate more applause than addressing the necessary structural reforms for citizens to depend less on them. As a result, essential concepts such as productivity, competitiveness, efficiency, investment, or sustainability disappear from the debate, and rights without responsibilities granting privileges to minorities, unevaluated subsidies, and immediate solutions for complex problems that have been ingrained for decades appear. Perhaps it is time to demand that each electoral promise be accompanied by three answers: how much it costs, who pays for it, and what consequences it will have on future growth because, ultimately, economic populism has an extraordinary characteristic: the applause is immediate, but the bills come later and almost never the one who made the promises. Juan Carlos Higueras, Ph.D. in economics and vice-dean of EAE Business School

 

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