La estructura artificial de escalada se recorta contra el cielo de Chamonix, eclipsa el Mont Blanc de fondo, tapa de forma soez el lugar en el que la nobleza inventó el alpinismo para saciar su curiosidad y extraerse de cierto aburrimiento vital. El público vibra, en cambio, quizá porque el techo blanco de los Alpes, sus formas redondeadas están muy vistas, y aun deseadas, hace tiempo que dejaron de ser sinónimo de épica. La Copa del Mundo de escalada se cita cada año en la Disneylandia de los deportes al aire libre, un lugar en el que alpinistas, ciclistas, esquiadores, corredores de montaña, parapentistas y senderistas equipados a la última copan las calles y desde ahí abarrotan los teleféricos buscando destino para sus diversiones. Alberto Ginés es hijo del tiempo presente, criado como escalador en la roca de la mano de sus padres y enseguida “secuestrado” por la resina, los agarres artificiales, los rocódromos donde, dicen, la escalada de alto rendimiento encuentra su máxima eficiencia. Alberto tocó el cielo con apenas 18 años, llevándose el primer oro olímpico de la historia de la escalada en los Juegos de 2020 celebrados en el 21.. Seguir leyendo
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