La cuenta de Donald Trump en la red social Truth no es solo una plataforma para sus anuncios o una ventana a su estado de ánimo; también funciona como un medidor volátil de su paciencia y de su incomodidad con ciertos temas. El de la guerra de Irán ha estado relativamente ausente de sus mensajes. Desde el inicio, hace dos semanas y un día, de la ofensiva conjunta con Israel, Trump ha escrito sobre todo de otros temas: entrevistas de hace semanas a rivales políticos, el Mundial de Fútbol o el gran enemigo en casa: el congresista republicano Thomas Massie.. Seguir leyendo
La cuenta de Donald Trump en la red social Truth no es solo una plataforma para sus anuncios o una ventana a su estado de ánimo; también funciona como un medidor volátil de su paciencia y de su incomodidad con ciertos temas. El de la guerra de Irán ha estado relativamente ausente de sus mensajes. Desde el inicio, hace dos semanas y un día, de la ofensiva conjunta con Israel, Trump ha escrito sobre todo de otros temas: entrevistas de hace semanas a rivales políticos, el Mundial de Fútbol o el gran enemigo en casa: el congresista republicano Thomas Massie.
Según la periodista del New Yorker Susan Glasser, quizá la mejor exégeta del presidente de Estados Unidos, esa “reticencia” puede deberse a que está cansado del tema; a que prefiere no hurgar en sus contradicciones tras años de prometer que no metería a Estados Unidos en un nuevo conflicto en Oriente Próximo; o a que hasta a él le es complicado tratar el asunto sin mencionar los precios disparados de la gasolina, la caída de la Bolsa y la caótica situación geopolítica desatada. O quizá es porque se debe a su público y su público quiere otra cosa.
Como sea, es un indicio más de hasta qué punto la guerra de Trump ha entrado en un callejón sin salida. “Es incluso peor que eso”, advierte en una entrevista telefónica Frederic Wehrey, experto en Oriente Próximo del laboratorio de análisis de política internacional Carnegie, en Washington. “Estamos ante una mezcla de objetivos estratégicos mal pensados, una completa incomprensión del contexto político de Irán y una previsión muy, muy pobre sobre la posible respuesta de Teherán”.
“No hay más que oír al propio Trump, o a [el secretario de Defensa, Pete] Hegseth o a [el de Estado] Marco Rubio”, abunda Charles Kupchan, exasesor de Barack Obama e investigador del Consejo de Relaciones Exteriores. “Esa falta de cálculo es la demostración de que en Estados Unidos no existe un Gobierno funcional, que elabora informes y debate, sino solo un grupo de personas en torno a un presidente que sigue sus instintos”.
La ofensiva inicial, que obedeció, como ha reconocido el propio Trump, a que él tuvo un “pálpito” sobre la oportunidad de atacar, fue fulminante y cumplió uno de los principales objetivos de Estados Unidos e Israel: matar al líder supremo de Irán, Alí Jameneí.
Pero uno de los problemas generados es que Jameneí era precisamente “la persona dentro del régimen iraní que estaba en contra de apresurarse a conseguir una bomba atómica”. Así lo aseguraba el pasado miércoles Danny Citrinowicz, experto israelí en Irán e investigador sénior del Instituto de Estudios de Seguridad Nacional de la Universidad de Tel Aviv, en un panel por videoconferencia del think-tank (laboratorio de ideas) Cato Institute. La actual guerra, por tanto, “acerca más a Irán a una bomba nuclear que a un acuerdo” con su hijo Mojtaba al mando, más próximo a la Guardia Revolucionaria, añadió Citrinowicz.
El ataque contra el líder supremo también se llevó por delante a decenas de altos mandos de la República Islámica. Y Washington pensaba buscar en esa cantera a un sustituto algo más moderado como parte de una estrategia de “decapitación” de la cúpula de poder, similar a la ensayada en Venezuela, con la que cumplir un fin que ya parece olvidado para Trump: cambiar el régimen.
Pronto quedó claro, además, que no había planes sobre cómo evacuar a las decenas de miles de compatriotas a los que sorprendió en Oriente Próximo la guerra, que ya ha dejado más de 2.000 muertos, sobre todo en Irán —entre ellos, los 175 de una escuela de primaria, en lo que apunta a otro fatal error de cálculo del Pentágono—, y que suma las bajas de 13 militares estadounidenses y un número desconocido (por la censura castrense sobre esa informaciones) de israelíes. Tampoco contaron, explica Wehrey, con la capacidad iraní de “agravar la crisis y de poner a Estados Unidos en una posición reactiva”, sembrar el caos en la región, sumar a nuevos países al conflicto y provocar un cataclismo económico global.
Porque ese callejón sin salida de Trump es en realidad un estrecho: Ormuz. Por esa ruta, en la que el presidente de Estados Unidos se juega la guerra, pasa el 20% del petróleo del mundo, y los ataques de Irán a buques en esa travesía la han cerrado de facto, empujando el barril de crudo por encima de los 100 dólares antes de volver a caer a merced de los vaivenes de Trump. El republicano lo mismo dice que Estados Unidos “ha ganado” que afirma que la tarea “aún no ha terminado”.
Según una exclusiva de The Wall Street Journal, el general Dan Caine, jefe del Estado mayor, avisó en varias reuniones previas a la guerra de que los informes de inteligencia llevaban tiempo calculando que Irán desplegaría minas, drones y misiles para cerrar el estrecho de Ormuz. Trump, apunta esa investigación periodística, reconoció el riesgo pero siguió adelante; creyó que Teherán capitularía antes de llegar a ese extremo y que, incluso si Irán lo intentaba, el Ejército estadounidense sería capaz de hacerse cargo de la crisis.
Washington lanzó este viernes, cuando los mercados energéticos ya estaban cerrados, un ataque sobre Jarg, isla en la boca del estrecho en la que Irán concentra sus refinerías de crudo. Se trata de una escalada de consecuencias impredecibles, que llevó al republicano a pedir el sábado en Truth que “China, Francia, Japón, Corea del Sur, el Reino Unido y otras naciones afectadas” envíen “buques de guerra” para mantener el paso abierto. La Guardia Revolucionaria iraní contestó con la amenaza, poco creíble, de que “reducirá a cenizas” los activos de Estados Unidos en el Golfo si sus fuerzas no abandonan la región.
Una pregunta sobre el ataque a Jarg −“joya de la corona” y una “línea roja” para la República Islámica— había enfadado al presidente de Estados Unidos horas antes de la operación militar en una entrevista radiofónica en la que avisó de que sus instintos decidirán cuándo ha llegado el momento de poner fin a la guerra. “Lo sentiré en mis huesos”, dijo, recurriendo a una gráfica expresión inglesa para describir una premonición.
Además de su instinto, al inicio de la ofensiva también contribuyeron los meses de insistencia del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu. Aquella madrugada de sábado en la que empezaron a caer las bombas sobre Irán, ambos líderes parecían en sintonía sobre el propósito del cambio de régimen en la República Islámica.

Dos semanas después, el propio Trump reconoció este viernes que los intereses de ambos países “pueden ser algo diferentes” y Netanyahu ha comenzado a modular el discurso, poniendo menos enfásis en el derrocamiento de los ayatolás y más en los objetivos puramente militares (los programas nuclear y balístico de Teherán) y la guerra paralela con la milicia libanesa Hezbolá.
El primer ministro israelí, con un tono duro en su última comparecencia ante la prensa el pasado miércoles, pareció preparar el terreno para un final abrupto de la guerra sin el prometido cambio de gobierno en Teherán. Volvió a subrayar que “al final depende” de que los iraníes tomen las calles. “¡Está en vuestras manos!“, les dijo. Todo acompañado de loas a la alianza con Trump (”hablamos casi a diario») y palabras grandilocuentes (“estamos en días históricos que quedarán grabados en los anales de Israel”).
Israel aspira a un cambio de régimen o, en su defecto, a un debilitamiento y fragmentación (apoyado en las minorías) como las que ha promovido desde hace décadas en otros países de Oriente Próximo. El premio de consolación sería dañar seriamente las capacidades militares de Irán, con un ojo puesto ya en la próxima ronda bélica.
Generar expectativas
“Uno de los principales problemas desde el principio es que el Gobierno de Israel ha generado unas expectativas que no tenemos forma alguna de cumplir”, aseguraba recientemente en la televisión pública israelí Itamar Yaar, ex subdirector del Consejo de Seguridad Nacional y director ejecutivo de Comandantes por la Seguridad de Israel. “¿Podemos acabar con Hezbolá? No. ¿Con Irán? Tampoco […] Entonces estamos en una guerra de desgaste”, añadía.
Con elecciones en octubre, Netanyahu necesita ahora, por si acaso, vender de antemano como victoria una promesa incumplida. Su campaña en Irán no ha aumentado su popularidad, y su coalición de gobierno sigue en los sondeos por debajo de la oposición.
Según han crecido las dudas sobre la viabilidad del objetivo, lo han hecho también los mensajes sobre Líbano, con la gran derrota de Hezbolá como el potencial trofeo que se presenta esquivo en Irán. El jefe del Estado Mayor, Eyal Zamir, ha subrayado que Líbano “no es un escenario secundario” respecto a Irán, e Israel se prepara para lanzar una ofensiva masiva terrestre, según medios locales. En las carreteras hacia el norte de Israel puede verse estos días trasiego de vehículos transportando blindados, excavadoras militares o grandes generadores eléctricos.
Además de como baza electoral, Netanyahu ve la guerra con Irán en términos personales. Como una especie de Winston Churchill al que ha tocado salvar al pueblo judío en su conjunto ―y a todo el mundo libre― frente al que llama “régimen malvado” de Teherán, tras haber debilitado a sus aliados, como Hezbolá, Hamás, los hutíes de Yemen o las distintas milicias en Irak. “Nosotros somos los buenos”, dijo la semana pasada en una entrevista.

“Sigue siendo, en muchos sentidos, la guerra de Israel”, señala el experto Wehrey. “Y el objetivo de Netanyahu es rehacer Oriente Próximo. Se siente envalentonado porque tienen a Trump de su lado. Es una relación de conveniencia mutua, entre individuos con temperamentos autoritarios muy parecidos, que ven al Ejército como una herramienta a su disposición. Así que no solo entran en juego los intereses nacionales, sino las dos personalidades”, subraya.
Para Trump, que ya está en su segundo mandato, es más un tema de legado. Kupchan cree que “busca pasar a la historia como el presidente que tuvo las agallas de acabar con una teocracia que amenaza a Estados Unidos y a la región desde 1979″, cuando nació con la Revolución Islámica que tumbó al sah, aliado de EE UU e Israel. Eso sí, para dar la guerra por ganada, necesita ahora “presentar la reapertura del Estrecho de Ormuz y una afirmación creíble de que ha logrado sus objetivos” y que, si bien “la amenaza que representa Irán no ha sido erradicada”, sí “reducida considerablemente”.
Entre tanto, al presidente de Estados Unidos se le amontonan los problemas en casa en un año electoral: en noviembre se celebran las elecciones de medio mandato, que renuevan toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. Los republicanos del Congreso empiezan a perder los nervios sobre los efectos que una guerra duradera y carísima (11.300 millones de dólares ha costado en sus seis primeros días) puede tener en sus campañas y en los bolsillos de sus votantes, con el precio de la gasolina en máximos nunca vistos en cuatro años. Algunos en el partido incluso se están atreviendo tímidamente a presionar a la Casa Blanca, más en privado que en público, tras 14 meses de poner al servicio del poder ejecutivo al Capitolio, donde tienen mayoría.
Dos ataques independientes, uno en Míchigan y otro en Virginia, resucitaron el pasado jueves los fantasmas de la onda expansiva de terrorismo que puede tener en Estados Unidos una guerra en Oriente Próximo. Un ciudadano libanés con varios familiares muertos bajo las bombas de Israel trató de provocar una matanza en una sinagoga a las afueras de Detroit, y un guardia de seguridad lo mató. A 1.200 kilómetros de allí, Mohamed Bailor Jalloh, que se declaró culpable en 2016 de proveer de material a una célula de ISIS, asesinó a un hombre en la universidad Old Dominion e hirió a otros dos antes de morir apuñalado.
Tanto Trump como Hegseth restaron trascendencia esos ataques, que siguen a un tiroteo en Texas el primer día de la guerra y a un atentado fallido en Nueva York la semana pasada. Se dedicaron en cambio a amenazar a medios como la CNN y The New York Times por publicar informaciones que ponían en duda la planificación de la ofensiva en Irán. Para el secretario de Defensa, la noticia es otra, y así se lo dijo a los reporteros del Pentágono el viernes: que Estados Unidos ha alcanzado en estas dos semanas “15.000 objetivos” y reducido en un 90% los misiles iraníes y en un 95%, sus drones.
A diferencia de Israel, donde la apoya al menos un 91% de la población judía y todos los partidos parlamentarios (salvo los árabes), la aventura de Trump y Netanyahu arrancó con el apoyo popular más bajo de cualquier opearción militar estadounidense desde la II Guerra Mundial, de acuerdo con las encuestas. El respaldo entre los suyos resiste: el 77% de los republicanos, según la CNN. Un porcentaje que ―por más que algunos de sus líderes hayan criticado abiertamente a Trump por la ofensiva, de Tucker Carlson a Megyn Kelly, y de Joe Rogan a Marjorie Taylor Greene― sube al 90% si esos republicanos se identifican como MAGA (Make America Great Again).
Es a ese público al que Trump se debe en su Truth, algo así como un coto privado para sus simpatizantes más acérrimos. Es también el mismo foro en el que prefiere no hablar de la guerra en la que se juega su legado.
